Género y tecnología

No tengo muy claro qué le pasaba por la cabeza a David Streitfeld cuando comenzó un artículo en el New York Times de esta guisa:

MEN invented the Internet. And not just any men. Men with pocket protectors. Men who idolized Mr. Spock and cried when Steve Jobs died. Nerds. Geeks. Give them their due. Without men, we would never know what our friends were doing five minutes ago.

Si bien el resto del artículo -una información sobre el sexismo en el mundo de la tecnología y las acciones legales contra la firma Kleiner Perkins- parece una pieza normal, semejante burrada se le atragantó a personas como Dave Winer o Xeni Xardin, que casi se lo come vivo en Boing Boing:

You guys, ladies suck at technology and the New York Times is ON IT.

Radia “Mother of the Internet” Perlman and the ghosts of RADM Grace Hopper, Ada Lovelace and every woman who worked in technology for the past 150 years frown upon you, sir. Women may have been invisible, but the work we did laid the groundwork for more visible advancements now credited to more famous men.

“Men are credited with inventing the internet.” There. Fixed it for you.

Más allá de esta polémica, es importante reflexionar sobre el papel que se le ha otorgado a la mujer en la historia de la informática, como en tantas otras historias. Emerger de una sociedad sexista pasa, inevitablemente, por llevar luz a las heroínas que la historiografía tradicional dejó en tinieblas.

En 2010 escribí un artículo sobre la primera programadora en La Voz de Asturias, parte de cuyo texto reproduzco a continuación.

Mujeres en la sombra

Ada Augusta Byron King

Cómo aquellas figuritas bélicas de nuestra infancia, los objetos en otras lenguas se tornan asexuados en inglés. Una caja es «lo caja» y un libro es «lo libro ». Uno se pregunta cuánta belleza metafórica se cuela por las rendijas perdidas de la escritura y la traducción. En la literatura castellana, los objetos tienen sexo, e incluso alma. En ocasiones, podemos encontrar misteriosos seres hermafroditas como el mar, que puede ser océana o embravecido a voluntad del orador.

La tecnología es diferente, porque desde sus inicios domina lo femenino en palabras, que no en historia. Tal desatino ha pasado también en la disciplina ocupada de tomar el pulso a los tiempos. Auspiciada por multitud de féminas, la historia del mundo oculta grandes personas, de esas que se escriben con la letra a en los finales. ¿Hubo menos mujeres notables o más historiadores miopes? Servidor, que no peca de ser militante, se decanta por la segunda opción.

Permítanme, en calidad de muestra, un curioso y elegante botón que guarda cierta relación con la literatura, porque la historia empieza con Lord Byron, el excéntrico noble que se reunió una noche con los Shelley para ser parte en el parto que alumbró nuestras pesadillas.

Probablemente pudiéramos realizar toda una disertación científica sobre las veleidades y bastardías que generó Byron, pero la historia que nos ocupa tiene como protagonista a su breve esposa Anna Isabella Milbanke y a la única hija que el poeta reconoció como legítima: Ada Augusta Byron, que por matrimonio sería Lady Ada Augusta Byron King, condesa de Lovelace y primera programadora de la historia.

Ada Lovelace –para amigos y admiradores– estudió matemáticas y ciencias, según podemos rastrear en el pandemonium ilustrado de la red de redes. Pero fue su trabajo con Charles Babbage, creador del concepto de máquina analítica, lo que le abrió las puertas de la eternidad. Al parecer Babbage sintió gran admiración por la habilidad con la que Ada comprendió y describió el funcionamiento de su rudimentaria computadora, estableciendo algunas rutinas que le permitirían realizar determinadas operaciones básicas. La Condesa de Lovelace no tardó en ser bautizada por su mentor como «la encantadora de números».

Tres siglos más tarde, Ada es toda una celebridad en la historia de la informática y en ese registro de dimensiones imposibles que menciona a las olvidadas; grandes mujeres que casi perecieron en una historia escrita por hombres. Pocas tuvieron el privilegio de que su fuerza y genialidad se vieran recompensadas, al menos hasta que el siglo XX puso un petardo en la docta cabeza del machismo historiográfico.

Internet celebra el día de la primera programadora el 24 de marzo. Pueblan bitácoras y redes sociales la representación pictórica de la hija cuya madre alejó del vil poema y centró en la ciencia, buscando un destino que no estuviera tan a merced de la afilada y genética pluma del Romanticismo. Ada mira al futuro desde la Wikipedia inglesa. Y no se trata de cualquier mirada, por la pose superficial muévense las ondas que genera la piedra del intelecto, del genio y de una mujer –otra más– adelantada a su tiempo. O mejor, que marcó el paso. Como tantas damas en este mundo que tan poco las recuerda.