Los Genocidas (Thomas M. Disch, 1965)

Cubierta de Los Genocidas

DISCH, Thomas M. Los Genocidas. Traducido por Cristina Gómez Llorente. Madrid: La Factoría de Ideas, 2012. 224p. ISBN 978-84-9800-741-1

Las ciudades de todo el mundo han sido reducidas a cenizas y unas plantas alienígenas han conquistado la Tierra. Estas plantas, capaces de superar los ciento ochenta metros de altura, se han adueñado del suelo de todo el mundo y están acabando con las reservas de los Grandes Lagos. En la zona norte de Minnesota, Anderson, un viejo granjero armado con una Biblia en una mano y una pistola en la otra, dirige a la población de una pequeña aldea en una desesperada batalla diaria por continuar su precaria existencia. Entonces entra en escena Jeremiah Orville, un extranjero errante cegado por una peculiar y secreta sed de venganza, convirtiendo la lucha por sobrevivir en una tarea sobrecogedora.

¿Humanidad? ¿Qué eso?

Los Genocidas es una novela horrible.

No me interpreten mal. La obra está bien escrita, resulta ligera y consigue tenerte con el corazón en un puño en la mayoría de sus pasajes. Los personajes están bien definidos y el componente psicológico bien perfilado. La amenaza alienígena que describe la novela es, probablemente, de las más realistas que se hayan publicado, dando por sentado que los hombrecillos verdes aterrizasen en nuestro planeta dispuestos a aniquilar a toda la especie humana.

Y es horrible.

Porto conmigo, desde hace años, la etiqueta de iluso radical. Esto es: aquel que piensa que el ser humano tiene una capacidad infinita para cometer actos de bondad, y que dicha bondad solo emerge con toda su fuerza en momentos de gran tribulación y desgracia. Creo que la empatía es una fuerza poderosa que debería mover el mundo, y creo en la compasión como ideal para alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Pero en Los Genocidas no hay nada de eso.

No esperen finales felices en este libro, aunque ya se darán cuenta a partir de las 20 primeras páginas, cuando el autor te presente con precisión de cirujano al último grupo de supervivientes a una invasión vegetal: todo un pueblo liderado por Anderson, un fanático religioso que no dudará en cometer cualquier acto extremo para proteger a su rebaño.

Cruel hasta el exterminio

Quizá uno de los elementos más característicos de la novela sea a normalización de la crueldad. Un recurso que utiliza con maestría el autor para horrorizarnos sin recurrir excesivamente al splatter, dejando éste para el momento adecuado. Hay un par de escenas en el libro que te hielan la sangre en las venas; no revelaré demasiado, pero uno de ellos involucra un banquete de celebración justo al momento de la obra.

Si algo se le puede reprochar a Thomas M. Disch es la excesiva tranquilidad con la que transcurre el final de la novela. Tal vez no sea más que una moraleja, un pequeño oasis en el que reposar después de haber perdido, casi, nuestra confianza en el género humano.

No es de los libros que más me han emocionado, y en muchas ocasiones ha llegado a resultar desagradable; pero si odias los finales felices y no tienes un estómago especialmente sensible, que te aproveche.

Te gustará si: no comes salchichas, trabajas en la industria maderera, piensas que E. T. debería regresar a guantazo limpio u odias cordialmente al mundo y todos sus habitantes.

Disclaimer: La Factoría de Ideas tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar de la obra.

Blade Runner: 30 años de lluvia en el corazón

Hoy se cumplen 30 años desde el nacimiento de Blade Runner, película que tengo en el primer puesto de toda la ciencia ficción que jamás se haya filmado. Por eso comentarla o intentar hacer un mínimo esfuerzo crítico es tarea imposible: no se puede hacer subrayados a lo perfecto. Una vez, no obstante, me empeñé en la absurda tarea de concentrar, en unas pocas líneas, todo lo que significa para mí esta obra.  El resultado fue publicado el 12 de noviembre de 2010 en La Voz de Asturias y lo reproduzco a continuación.

Una mala película

El miércoles volví a encontrarme con el fuego y el iris. Y no estoy seguro de si estaban esquivándome o era yo quien les daba esquinazo. Sea como fuere, allí estaban, impregnando el escenario de los Premios de la Sociedad de la Información con toda su simbología. Una vez más, el fuego y el iris encontraron mis recuerdos, que se proyectaron en mi conciencia como un carrusel cronológico.

A veces, los adultos no recuerdan cómo es sentirse niño; nuestra memoria es más bien pobre. Como infante, las cosas impactan en tu mente de forma violenta y, a la vez, sutil. Son destellos, que una vez registrados, permanecen contigo durante mucho tiempo. Los más importantes, toda una vida. Fuego e iris eran de esos destellos, pero nunca me molesté demasiado en buscarlos. Un buen día, se deslizó en mis manos una vieja cinta de video. Más allá de la medianoche volví a encontrarme con la imagen. Sin apenas saber o entender lo que estaba mirando, volví al lluvioso noviembre de Los Ángeles, en el año 2019. No recuerdo con exactitud lo que sentí en el primer visionado consciente de aquella película; pero sí recuerdo cómo me sentí la segunda vez, a mis alterados y alterables 15 años. Fue entonces cuando me di cuenta de la verdad: Blade Runner es una película malísima.

El objetivo de toda distopía es advertirnos, a través de un futuro tenebroso y retorcido, del destino que sufrirá la humanidad si persistimos en lo que sea que estemos haciendo. Tal parece el caso de la mejor obra que Ridley Scott jamás haya filmado: un futuro donde la humanidad se asfixia entre la indiferencia y la contaminación. Donde la máquina más virtuosa jamás creada se persigue hasta la muerte, y el héroe de la historia no le llega ni a la punta del zapato a los androides Rachel o Roy Batty. Y si no está usted a gusto, consiga un pase y viaje más allá de este planeta infectado; ¡una nueva vida le espera en las colonias del espacio!

28 años han pasado desde que se estrenó Blade Runner en los cines. Scott ha intentado mejorarla, retocarla, empobrecerla. Pero es uno de aquellos filmes que serán leyenda aunque la Tyrell Corporation queme todas las copias. Por eso el texto de hoy no es el comentario de una película, sino la manifestación suprema de mi frustración; por no ser lo bastante bueno como para escribir una nota digna al pie de una obra referente, porque me faltan líneas para explicar cómo es posible que 117 minutos de metraje tengan un impacto de décadas en la creación colectiva; y cómo un discurso final, de no más de dos minutos, contiene tratados enteros de filosofía.

Por eso Blade Runner es una mala película. Una película que te hace desear que, un día, el ser humano cree a los Nexus-6, únicamente para poder mantener una charla con ellos. Porque “siempre quisimos volver allí”, como decía un blog del que lamento ahora no recordar el nombre, para darle el reconocimiento que merece. Quizá es la melancolía, ese limbo entre la tristeza y el hastío que nos permite dar un paso más en el mundo sin pecar de ingenuos; quizá porque todos nos hemos sentido alguna vez como Deckard, cuando inicia su aventura en un atestado suburbio, comiendo pescado frío y maldiciendo a la ex mujer por aplicarle motes con justicia. Quizá porque, cuando los chuzos caen de punta en el invierno tóxico de Los Ángeles, se parece mucho a cuando llueve en el corazón de los hombres.

Ray Bradbury abandona el planeta Tierra

Bradbury en 1959

Ray Bradbury, en 1959. CBS.

Tantos mundos creados, tanta ilusión y realidad. Ray Bradbury abandonó la Tierra ayer por la noche y el calor del cohete adelantó unas semanas el verano del adiós.

Los rumores sobre la muerte de personalidades en internet están a la orden del día, y el poeta de la ciencia ficción no fue excepción a la regla. Porque Bradbury no ha muerto, simplemente ha cambiado de planeta. Bien lo saben quienes hayan montado en el carrusel del señor Dark o bebido el vino de diente de león. Un genio como él no fallecería sin una buena razón. No nos haría eso a sus lectores, eternamente en deuda.

No se halla en nuestro sistema solar, así que no se molesten en buscarle. La miríada de planetas que podrían servir de hogar para el venerable hombre ilustrado tienen nombres idénticos a los nuestros, pero son muy diferentes.

Quizá haya aterrizado, por ejemplo, en Marte: paraíso de cielos azules, ciudades de cristal, gasolineras y puestos de perritos calientes. Si ese fue su destino, esperamos que haya aterrizado en la cara buena;  los marcianos le recibirán con su mejor máscara de hospitalidad.

Quizá el escritor se encuentre tomando un café bien caliente en alguna de las cúpulas de descanso en un planeta que destiñe, o buscando a Jesús en un mundo lleno de alienígenas convertidos. Quién sabe si no nos cruzaremos con él por la calle, vestido con un maravilloso traje de color crema.

El hombre ilustrado ya no escribirá más. Al menos, no en esta galaxia. Gracias, Ray, por haber caminado entre los terrícolas; por dejarnos palabras que sabían a verano, como estas:

El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillasa ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos. Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella… la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul. Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.

Paul Krugman: “El mal llegará con estilo y diseños inspirados en Steve Jobs”

Fotografía de Paul Krugman

Krugman, en 2008

Mi respeto por Paul Krugman ha superado los quinientos puntos básicos desde que leí la entrevista que le realizaron en el podcast Geek’s Guide to the Galaxy, cuya transcripción nos ofrece Underwired.

El Premio Nobel resulta ser un gran aficionado a la ciencia ficción, género que valora por su poder especulativo y la capacidad para imaginar cómo será nuestra sociedad cuando el contador pase décadas, centurias y milenios. ¿Sabían que en 1978 publicó un artículo elaborando una Teoría sobre el comercio interestelar (PDF)?

Que de mayor quisiera ser un psicohistoriador como Hari Seldon no es, ni de lejos, lo mejor de una conversación en la que algunas preguntas rozan la genialidad. Por ejemplo, la viabilidad económica de la Estrella de la Muerte:

There’s been a lot of discussion lately among economists about whether it makes sense to build a Death Star. This debate picked up this year after some Lehigh University students estimated that just the steel for a Death Star would cost $852 quadrillion, or 13,000 times the current GDP of the Earth. Do you think that a battle station is worth that kind of investment, especially considering that the ability to destroy a planet is insignificant next to the power of the Force?

Krugman responde:

Yeah, I think that’s probably right, and also, in general, you have to think that the basic trend in military technology — as with everything else — has been towards small and deadly. I think more likely we’re going to have microscopic drones that can kill everybody. So the Death Star is a very antiquated vision of what evil will look like. Evil will come in stylish, Steve Jobs-inspired designs.

Toma esa.

Imagen: Wikipedia | Prolinserver