Amazon y el terror corporativo

Portada del BusinesWeekDesde hace algunos años soy propietario de un Kindle de segunda generación. Un propietario satisfecho, además. Como ya enuncié en las 10 cosas que descubrí al tener un eBook, es una tecnología en la que vale la pena invertir. Tanto el descubrimiento de libros interesantes como la lectura de ensayos más o menos extensos en formato digital se ha potenciado gracias a la tinta electrónica.

Por ello, me ha preocupado mucho el perfil que hace Brad Stone sobre Jeff Bezos y Amazon. Al margen de los lugares comunes que Bezos comparte con el difunto Steve Jobs, algunas de las prácticas empresariales de Amazon, así como las denuncias de algunos trabajadores sobre el trato que les dispensaron, me han dado que pensar sobre una peligrosa tendencia que está calando en algunas empresas: la utilización del miedo como impulso creativo y comercial. En el artículo, Stone hace un buen resumen:

Intensity is hardly rare among technology CEOs. Steve Jobs was as famous for his volatility with Apple subordinates as he was for the clarity of his insights about customers. He fired employees in the elevator and screamed at underperforming executives. Bill Gates used to throw epic tantrums at Microsoft; Steve Ballmer, his successor, had a propensity for throwing chairs. Andy Grove, the former CEO of Intel, was so harsh and intimidating that a subordinate once fainted during a performance review […] Some Amazon employees advance the theory that Bezos, like Jobs, Gates, and Oracle co-founder Larry Ellison, lacks empathy. As a result, he treats workers as expendable resources without taking into account their contributions. That in turn allows him to coldly allocate capital and manpower and make hyperrational business decisions, where another executive might let emotion and personal relationships figure into the equation. They also acknowledge that Bezos is primarily consumed with improving the company’s performance and customer service and that personnel issues are secondary. “This is not somebody who takes pleasure at tearing someone a new a-‍-hole,” says Kim Rachmeler, an executive who worked at Amazon for more than a decade. “He is not that kind of person. Jeff doesn’t tolerate stupidity, even accidental stupidity.”

Hay una importante diferencia entre tolerar la inoperancia y recurrir al abuso verbal. Si la falta de empatía puede otorgar a un directivo de empresa ventaja sobre el resto de la competencia, desde luego no supera el gran perjuicio que puede llegar a causar a sus trabajadores.

Buceando un poco más, podemos encontrar a Periodistas como Jean-Baptiste Malet, que se infiltró en un almacén de Amazon en Francia; o documentales como el retransmitido por la televisión pública alemana, sobre las condiciones infrahumanas sufridas por los inmigrantes eventuales que trabajan en otro centro de la compañía. Ambos son buenos ejemplos de lo que sucede cuando una cultura corporativa sacrifica la ética laboral en pos del beneficio.

También es preocupante descubrir cómo un sector de la narrativa empresarial contempla con benevolencia una conducta de la que huiríamos en cualquier otro tipo de interacción social. Doctrinas como ésta pueden causar especial daño en países como España, donde una parte de su tejido empresarial todavía considera la compasión, la conciliación y el aperturismo como una cosa de hippies.

No me tomen por ingenuo. Soy consciente de que muchos de los productos que utilizamos en la tecnología son manufacturados de forma, cuando menos, dudosa. Es posible que, como individuo, no signifique gran cosa a la hora de provocar un cambio en la manera de consumir. Pero como cliente en una sociedad de libre mercado, puedo decidir; de nada me sirven los precios más bajos si les acompaña la destrucción de derechos laborales y el uso de la humillación y el miedo para espolear la productividad.

En consecuencia, tal vez haya un giro en la compra de mi próximo dispositivo de lectura. Me pregunto si Jeff Bezos atenderá, también, este tipo de quejas.

Tienda Kindle en España, primeras impresiones

Amazon acaba de comenzar a comercializar en España el nuevo Kindle, famoso lector de tinta electrónica que tantas alegrías ha llevado a mi experiencia de lectura. Además, la Tienda Kindle despega, por fin, en nuestro país, con un catálogo inicial de 22.000 títulos. He aquí mis primeras impresiones.

Aspectos destacados

Para un aficionado al género fantástico, la Tienda Kindle está más que bien surtida. Parte del catálogo está importado de los fondos de Libranda; un sistema que, si bien era francamente horrible para compra, volcado a Amazon se convierte en algo muy diferente. Parece que las editoriales como Timun Mas o Minotauro se van a tomar en serio este nuevo espacio, ya que las novedades más ‘sonadas’ están debidamente incluidas en el catálogo. Mención aparte merecen los libros editados por Impedimenta. Si bien no está incluído todo su catálogo, ya era hora de que los usuarios de Kindle pudiésemos disfrutar de sus traducciones, una de las ventajas que las editoriales deben explotar si quieren competir con las páginas de descargas.

Si ya tenías un dispositivo Kindle, puedes “transferir” tu biblioteca de Amazon.com a su versión española, e incluso puedes volver a transferirlo si la experiencia no te satisface. Por supuesto, los títulos del catálogo inglés son accesibles también desde España, lo que añade un plus de comodidad.

También resulta de lo más atractivo el sistema de adelantos, mediante el cual puedes bajarte gratuitamente las primeras páginas de una novela para comprobar si te apetece seguir leyendo. Todo ello con las características habituales de la versión norteamericana: sincronización de notas, acceso a los títulos desde múltiples dispositivos… En resumen, la buena experiencia de lectura electrónica de Amazon, ahora en castellano.

Inconvenientes y ausencias

Que los precios no iban a ser lo mismo en nuestro país, no es ninguna sorpresa. Pagar 18 euros por la edición electrónica de El temor de un hombre sabio me parece un atentado contra la humanidad. Pero no crean que la cosa se excede desmasiado, hay muchos títulos rondando la media de 12 euros y auténticas gangas por menos de cinco.

Por otra parte, es una lástima no poder enviar, todavía, libros para regalo en formato electrónico. SIn embargo, parece que Amazon está trabajando para incluir esta opción, lo que alegraría y facilitaría las navidades a más de un@.

Rarezas y sorpresas bizarras

La autoedición, uno de los principales atractivos de Amazon, a veces nos lleva a descubrimientos de lo más divertido. Por curiosidad, me puse a buscar los libros más baratos dentro del género de fantasía y ciencia-ficción. Como ya os he dicho, hay auténticas joyas a poco precio, pero también hay cosas que rayan lo bizarro, como esta sinopsis de Carta al director, un cuento incluído, al parecer, en una recopilación llamada Darktales creda por un tal Steven R. Zellers. El subtítulo ya promete:

Una narracion breve de Darktales. Una colección de historias torcidas asustadizas enfermas.

Pero si tenemos la mala costumbre de ir a la sinopsis…

Si usted piensa una invasión local es un asunto asustadizo, se imagina le vivo todo solamente en un cortijo lejos de cualquier persona, después una noche durante una tormenta cuando salen las luces, usted consigue a unas centenas visitantes unwelcomed.

Traductores automáticos, cuánto mal habéis traído al mundo.

Con nuestro permiso

A raíz del inevitable artículo de opinión sobre el iPad que escribí para La Voz de Asturias, me he percatado de que todavía quedan asuntos importantes en el tintero sobre el nuevo baile de máscaras organizado por Steve Jobs.

Y no se preocupen, que no les aburriré hasta el hastío con las historias o debates facilones de siempre. Como resumen para salvaguardar su integridad espiritual, baste decir que me parece fantástico lo que es capaz de hacer una compañía lanzando un producto cerrado, incompleto y con pocas novedades respecto a la tecnología, para conseguir toda esa cantidad de elogios en la prensa.

La parte que me tiene desde hace días con la manzana tras la oreja, se refiere al evidente recorte de libertades en cuanto a software que parece ser el modelo vital de Apple desde hace una temporada. Ya hemos hablado en artículos anteriores del funesto ejemplo que productos como el iPhone dan a los desarrolladores y usuarios, cercenando sus derechos en cuanto a manejo, propiedad y desarrollo del dispositivo.

Cierto es que la compañía que dirige Steve Jobs no es ninguna ONG, y que la estructura de App Store combinada con dispositivos insoportablemente cerrados ha procurado pingües beneficios a la misma. Sin embargo, el caso del iPad ya excede, a mi parecer, cierto respeto que toda compañía debería mostrar para con sus clientes. Pero lo más flagrante del caso es la hipocresía manifiesta de algunos analistas, que no dudarían en hundir bajo tierra un producto semejante si una compañía rival lanzase un dispositivo con la misma pobreza de conexiones en su hardware.

Por supuesto, no voy a negar las maravillas de su pantalla multitactil, su buen diseño y ciertos detalles estéticos –aunque poco útiles– como el efecto de pasar las hojas en los libros. Todo eso queda muy bonito, pero uno se pregunta: ¿Es correcto que el mercado y los consumidores hagan la vista gorda a la intención expresa de restringir a los mismos? ¿Debemos premiar, dando publicidad casi gratuita, a una empresa que apuesta por el HTML5 para después no cumplir con ciertos estándares universales como un simple puerto USB, o cobrar casi 100 euros por una fuente de alimentación de repuesto?

En resumen: quizá antes de preguntarnos si Google, Apple o Microsoft son malvados, deberíamos plantearnos hasta que punto somos capaces de dar permiso a las grandes compañías para que lo sean.