Bajo el nogal de las ramas extendidas yo te vendí y tú me vendiste

En una sociedad donde el poder tiene una relación con la lectura cada vez más hipócrita, resulta curioso observar la atmósfera respetuosa, casi sacra, que envuelve a ciertos volúmenes. Con tiempo y análisis lo suficientemente pedantes, acaban convertidos en pirámides del ‘porque sí’, que prometen las cien maldiciones del faraón al insensato que se adentre en su interior con la antorcha del espíritu crítico.

Por eso es difícil acercarse a las grandes obras de la literatura universal sin telarañas en la cabeza; el lector tiene una sensación muy parecida a pisar la ópera en chanclas y bermudas. Difícil, pero muy recomendable; porque hay libros en este mundo que no tocan la cabeza porque bajan directamente al corazón, el estómago y el hígado. Así es como muchos títulos merecen ser recordados. Así es como merece ser recordado 1984.

Aún me parece que fue ayer. Cuando por fin alargué el brazo y me llevé la gran obra de Orwell de la estantería, me encontré con algo muy diferente a lo instalado en la cultura popular. Porque las aventuras de Winston en ese mundo donde el totalitarismo ha devorado hasta su propia sombra son, y serán por mucho tiempo, la patada que necesitamos quienes vivimos en una sociedad manipulada y manipulable.

Hace dos días, Jason Kottke enlazó a una copia digital de la crítica que apareció en el New York Times el 12 de junio de 1949, analizando aquella novela tan diferente de Rebelión en la granja. Así aparece expresado en uno de los mejores párrafos:

In the excesses of satire one may take a certain comfort. They provide a distance from the human condition as we meet it in our daily life that preserves our habitual refuge in sloth or blindness or self-righteousness. Mr. Orwell’s earlier book, Animal Farm, is such a work. Its characters are animals, and its content is therefore fabulous, and its horror, shading into comedy, remains in the generalized realm of intellect, from which our feelings need fear no onslaught. But ”Nineteen Eighty-four” is a work of pure horror, and its horror is crushingly immediate.

Un trabajo de horror puro, inmediato. Pero también la historia de dos personas, Winston y Julia, cuyo amor es el único destello de luz en el mundo distópico que los envuelve.

La condición de obra universal es una pobre excusa, árboles que nos impiden ver el bosque de la verdadera razón por la que mucha gente recomienda este libro. Décadas después de su primera edición, 1984 sigue siendo un tiro a bocajarro en nuestro futuro, aunque todavía haya personas dispuestas a ignorarlo; aunque muchas personas se empeñen en enterrar empatía y sentimiento en un mundo cada vez más frío. Amar, como canta Muse sobre Winston y Julia, es algo más que amar: es resistir.

Imagen: Flickr | Amio Cajander

De ratones y gatos en la jornada de reflexión

Tras ver el vídeo, estoy seguro de que cada persona tendrá una idea distinta sobre:

  • Quienes son los gatos negros.
  • Quienes son los gatos blancos.
  • Quienes son los gatos moteados.
  • Quienes son los ratones.
  • Si hay ratones y gatos.
  • Si somos todos ratones.
  • Si somos todos gatos.

Es lo bueno de algunas fábulas: están abiertas a la interpretación. Sea como fuere, vota. Es de los pocos derechos que permanecen con el paso de las décadas.

Vía La Ciencia y sus Demonios.

La #spanishrevolution fue (y será) tuiteada

Desde hace mucho, los críticos con la capacidad de movilización de la red argumentan que una cosa son 10.000 personas a posadera sentada en Twitter y otra, muy distinta, llevar esa movilización a la calle. Que el verdadero valor radica en lo segundo, y que no había pruebas suficientes de que pudiera estar debidamente organizado por lo primero.

Pues ahí tienen.

No soy un iluso. Cuando se cierren las urnas, gobierne quién gobierne seguiremos con los mismos defectos en las instituciones. Sin embargo, algo habrá cambiado para siempre en la mentalidad de los políticos. Con el jaleo montado a causa de la Ley Sinde, y sumándole ahora una protesta mucho más genérica e importante en términos políticos, algo me dice que ya no se volverán a ver los cabreos de Twitter y otras redes con los mismos ojos.

Democracia real, ese tabú

Me hace mucha gracia ver la úlcera que apodera las tertulias políticas cada vez que se pronuncian las palabras “democracia real”. Todo el mundo se indigna, se acalora y se apresura a decir que ya estamos en una democracia. Es como mentar a Voldemort.

Uno de los principales indicadores de que estamos en una democracia es que, precisamente, podemos hablar de ella; incluso para decir que la que tenemos es de mala calidad. O para decir de ella que es una mierda; cosa que, por cierto, no es lo que quieren decir muchos acampados; tampoco yo. Pero se puede hablar de ello; debe poder hablarse de ello, ya que existe algo llamado libertad de expresión.

¿Hay un más allá?

Otro enigma que parece obsesionar a prensa y tertulia es la continuidad del movimiento. ¿Perdudarán las concentraciones? ¿Caerán vaporizadas tras el cierre de las urnas? Honestamente, no creo que esa sea la pregunta más importante. La pregunta más importante es: ¿Qué piensan hacer los partidos mayoritarios tras todo este movimiento?

Todos ustedes se imaginan la respuesta. Yo sólo espero que esa suposición no sea correcta. Al menos, ya sabemos que es lo que aterra, de verdad, a los políticos: una sociedad que exige sin miedo, sin bandera.

Foto: Flickr | Brocco_lee

Enlace de pago

El título de esta reflexión es una pequeña licencia, pero resume bien todo el daño que la primera tentativa de muros de pago causó a los diarios digitales. Cuando sitios como El País decidieron imponer el cobro por acceso a sus noticias, todos los blogs y webs que mencionaban una infomación de dichos sitios incluyeron un pequeño texto, indicando que el acceso al enlace requería una suscripción. Esas tres palabras casi lograron sacar a los pioneros del mapa, en detrimento de rivales directos que ofrecían el mismo contenido en acceso libre.

Ahora, medios como el Wall Street Journal llevan a cabo la resurrección de aquel bicho tan peligroso, en una versión cuidadosamente diseñada para no desatar las iras de lectores que no quieren ver el aburrido aviso, columnistas que no quieren perder su influencia en la red y anunciantes que buscan alcanzar la mayor cantidad posible de público.

El último gigante en irrumpir en lo que podríamos llamar el “muro de pago de puntillas” ha sido The New York Times. Resumiendo la nueva política, obtenemos lo siguiente:

  1. Se podrá acceder a los artículos sin coste alguno hasta cubrir la cantidad de 20 textos cada més.
  2. Los artículos leídos mediante el acceso a través de un enlace en las redes sociales no tendrán limitación en su lectura. La sección Top News seguirá siendo gratuita, así como la portada, portadas de sección y blogs.
  3. Los suscriptores de papel tendrán acceso total a los contenidos.
  4. Los suscriptores web tendrán tres modalidades a elegir, con distinto precio y funcionalidades.

Con esta configuración, los lectores casuales del NYT no se pegarán de bruces contra el muro, y los bloggers y usuarios de redes sociales tampoco verán mermada la calidad de sus enlaces y recomendaciones. Como hemos comentado antes, la estrategia pretende ser la vacuna contra el “enlace de pago”; una solución intermedia. Arthur Ochs Sulzberger Jr., editor de la Grey Lady, ha remitido esta carta a sus lectores:

This week marks a significant transition for The New York Times as we introduce digital subscriptions. It’s an important step that we hope you will see as an investment in The Times, one that will strengthen our ability to provide high-quality journalism to readers around the world and on any platform. The change will primarily affect those who are heavy consumers of the content on our Web site and on mobile applications.

Cabe preguntarse qué sucederá en el futuro. Algo me dice que, si el modelo propuesto tiene éxito, la prensa reforzará el fortín de pago. Si no lo tiene, tal vez sea la excusa para volverse más restrictivos.

El aspecto positivo es encontrarnos, al fin, en un campo de pruebas real para el negocio de las ediciones digitales de los diarios. Nadie mejor que el propio lector para decidir lo que desea en un sistema de libre competencia, tras meses diciéndole al lector lo que tiene que hacer para compensar a las rotativas.

Cuando llegó internet, los propios diarios se apresuraron a colgar sus contenidos en línea con acceso gratuito, cobrando unos precios irrisorios por la publicidad. De aquellos polvos vinieron estos lodos; por eso no me gustaría ver cómo la prensa se une al coro de plañideras compuesto por la industria del cine, la música y el libro, quejándose de una situación a la que ella misma abrió la puerta.

Trabajo en una redacción; les aseguro que, tomando como medida el esfuerzo y sacrificio de los periodistas, el precio actual de un diario es una ganga. Sin embargo, también creo en un acceso libre y universal a la cultura. Hay espacio de sobra para que unos se informen y otros hagan negocio, pero el periodismo ha de renunciar a su papel de víctima y reconciliarse con la persona que, pagando o no, invierte minutos y horas en visitar la web de un periódico. Para los que la nutren, no existe tiempo más valioso.

Bola extra: Silvia Cobo desmenuza un impresionante documento: la presentación de la web del NYT hace 15 años.

Imagen tomada de Nieman Journalism Lab

Compartir un libro no es delito, y debería ser un derecho

Flickr: ellajphilipsJulio César Herrero, decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Camilo José Cela, es también periodista y columnista en La Voz de Asturias. Siempre resulta una lectura interesante para los lunes, aunque con él me pasa lo mismo que con Pérez-Reverte: coincido con muchas de sus columnas, pero hay alguna que se me atraganta.

Esta semana es una de esas veces. Bajo el título de Aviso a navegantes, Herrero ha comentado algunas cosas sobre copia, descargas y propiedad intelectual; por ello, me gustaría realizar ciertas observaciones. Pensaba publicarlas en un comentario, pero creo que es mejor ponerlas también como entrada en mi blog, para extender un poco el debate. Espero que no le importe que haga un poco de fisking para ello, es más cómodo a la hora de redactar. Dice Herrero:

Todo creador tiene plenos y exclusivos derechos sobre la explotación de su obra. Sólo a él corresponde la decisión de si la vende, la regala o cobra un porcentaje por su consumo. Las páginas webs que deseen ofrecer la obra – bien como vía de negocio o por el hecho simplemente de ofertar un servicio gratuito- deberán contar con la autorización del creador y pactar con él las condiciones.

Teniendo en cuenta que el debate sobre la música está comenzando a superarse, tomemos el caso más sangrante de la actualidad: el comercio del libro.

Lo que describe el párrafo sería ideal. Pero en la actualidad no ocurre, porque el autor comparte los derechos de su obra con dos organismos mucho más exigentes que la red: editoriales y gestoras. Una página web que desee publicar una obra no ha de negociar solo con el autor; de hecho, los acuerdos con editoriales por derechos de republicación, precios y, en su caso, traducción, son mil veces más duros que los acuerdos que pudieran cerrarse con el propio autor.

Lorenzo Silva, nada sospechoso de defender la mal llamada cultura del todo gratis, se quejaba hace poco de no tener una edición digital de su última novela a un precio asequible porque su editorial se neiga en redondo.

Ningún creador fuerza a un potencial cliente a pagar por la obra si no quiere consumirla; pero si lo hace, deberá pagar por ello, si el creador la ha concebido con el sano y legítimo propósito de enriquecerse a su costa.

Existe un lugar donde esta afirmación no tiene base, y se llama biblioteca. Cuando una biblioteca adquiere un libro, los beneficios que el autor dejará de obtener por cada préstamo son ingentes si se trata de un best seller. Es cierto que el canon a los libros (que ya he criticado) se creó para cubrir esas pérdidas. Pero no llega, ni por asomo, a la cifra total.

Voy más lejos: ¿Qué pasa con iniciativas como el BookCrossing? Porque es toda una red P2P. ¿Cuántas pérdidas ha generado esta actividad? Si aplicásemos el mismo alarmismo de los estudios sobre la red a estas formas de intercambio, nos saldrían cifras de escándalo.

Otro de los argumentos que han esgrimido quienes se oponen a la Ley – concretamente, la Asociación de Internautas- es que supone un atentado a la libertad de expresión e instaura la censura en Internet. La libertad de expresión es el derecho que ejerce quien crea una obra, no quien la consume. Impedir que alguien robe nada tiene que ver con la censura. Que el objeto robado sea un libro, una canción o una película no cambia en absoluto el tipo delictivo.

Problema: descargar no es delito ni robo. No lo digo yo, lo dicen los juzgados y muchos juristas. De hecho, esa fue la principal razón para crear esta aberración jurídica: si el juez no te da la razón, reduce la competencia del juez.

Nadie ha sido condenado por robo por descargarse un libro. Si robo un libro de una librería, esta se queda sin dicho libro. Si lo copio, el libro no desaparece.

Lo malo de la Ley Sinde no es que amenace, en sí misma, a la libertad de expresión. Es que combina, de forma torticera, con el exiguo derecho de cita que contempla nuestra normativa. En EEUU, donde la legislación contra las descargas es más dura (pero casi igual de inútil), existe una cosa llamada fair use, un criterio de jurisprudencia que permite el uso de material protegido por derecho de autor sin necesitar de permiso previo, siempre y cuando sea con fines informativos, educativos o sin ánimo de lucro.

En España eso no existe. Por ley, los únicos supuestos que ampara el derecho de cita son la investigación y la educación. Por tanto, cada vez que utilizamos un cartel de cine para ilustrar el comentario de una película, cada vez que extractamos un capítulo o sinopsis de un libro y cada vez que publicamos cualquier contenido, aunque sea para darle publicidad, es una posible infracción al derecho de autor, si antes no hemos solicitado permiso para ello.

Ahora parémonos a pensar en todos los blogs, conocidos y desconocidos, que realizan dicha práctica. La mayoría; ya que, a pesar de la ley, España suele ser tolerante con este tipo de acciones.

Así pues, he aquí como se puede cerrar cualquier web utilizando la Ley Sinde:

  1. Mengano publica en su blog un artículo criticando a Eddie el Flautista.
  2. Eddie el Flautista quiere cerrar el blog de Mengano.
  3. Eddie el Flautista descubre en el blog de Mengano una Imagen de Marca, que regenta un amigo suyo.
  4. Flautista llama a su amigo, y le convence para utilizar la Ley Sinde para cerrar el blog de Mengano. Al fin y a la postre, la imagen de marca la colgó Mengano sin autorización previa.
  5. Comienza el proceso ultrarápido de la Ley Sinde contra el blog de Mengano.

Sí, es un caso exagerado. Sí, tal vez el juez tuviera sus dudas sobre este apartado. Pero, ¿de verdad debemos legislar confiados en el buen hacer de la industria? Veamos un pequeño ejemplo de todo el brazo que nos cogen al dar la mano:

  1. Amazon habilitó el préstamo de libros en el Kindle. Por miedo, casi todas las editoriales lo deshabilitaron.
  2. Llegó el libro electrónico, y las editoriales lo plagaron con DRM. Algunos intermediarios como Libranda, pasaron de los usuarios de Kindle y convirtieron la experiencia de comprar un libro electrónico en un verdadero infierno.
  3. El ministerio de Cultura ha iniciado un plan de préstamo de lectores de tinta electrónica en las Bibliotecas Públicas. Pero como no hay acuerdo con las editoriales, solo se pueden leer libros en dominio público. Del préstamo a través de web ya ni hablamos.

La Red está forzando a una reflexión sobre diversos aspectos en los que parecía haberse alcanzado ciertos consensos. En eso consisten las revoluciones. Obligan a repensar cuestiones que estaban asentadas y a adaptarse a nuevos escenarios. Debe hacerse con sumo cuidado y, en este caso, intentando no perjudicar a quienes probablemente más contribuyen a que Internet sea la mayor ventana al mundo jamás abierta: los creadores.

Para este párrafo no tengo ninguna objeción. Pero con demasiada frecuencia se confunde el interés de los creadores con el de los intermediarios o gestores. De todas formas, no vendría mal una buena dosis de sinceridad por la otra parte. De forma similar a cuando nos llaman piratas, proxenetas, traficantes, pendejos electrónicos y otras yerbas, quizá convendría revelar aquí la máxima sobre la que se asienta la anquilosada industria de los contenidos: extender la cultura es bueno, hasta que conlleva una pérdida significativa de sus oligopolios.

En general todo se reduce a que los usuarios vamos ganando. Si el abuso fuera a la inversa, muchos de los que ahora claman por derechos no dirían ni pío. Como no lo dicen de los libros encadenados a lectores y personas que menciona el blog Literatura electrónica:

Estas Navidades, para seguir en Escandinavia, me regalaron una novela de Henning Mankell que ya había leído. Fui a la librería y la cambié por un ejemplar de Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, que a mi vez regalé para Reyes. Con esta sencillísima operación, cambié mínimamente la cuenta de resultados de dos editoriales: Tusquets y Norma. Nunca me habría sido permitida tal herejía con un ebook. Es más, si compro un ebook que después me decepciona, tengo que cargar con él para siempre o destruirlo: mi capacidad de elección reflexiva queda coartada por los dueños del copyright. No lo puedo devolver, ni cambiar, ni regalárselo a alguien que tal vez lo apreciaría.

Hay quien dirá que esto es reacción en vez de acción. Pero la verdad es que el sector se ha buscado su propia ruina al haberse dedicado, todos estos años, al noble arte de dormir y no reaccionar. Como decían en aquella entrada de BoingBoing, your failed business model is not my problem.

La jugada de Google: Larry Page se convierte en director ejecutivo

Bombazo: Eric Schmidt, director ejecutivo de Google, será reemplazado en el cargo por Larry Page, uno de los creadores del motor de búsqueda y cabeza de la compañía. Schmidt queda reasignado como executive chairman. Esto fue lo que escribí sobre él en 2008, enmarcado en mi artículo monográfico sobre Google para el suplemento de los Premios Príncipe:

En agosto del 2001, Eric Schmidt ingresa como CEO en compañía. Schmidt juega el papel de gran ‘demiurgo’ corporativo, con la misión de estructurar la compañía más allá del sueño técnico de [Larry] Page y [Sergey] Brin.

Y así nació el triunvirato de Google, el máximo órgano en la toma de decisiones. La presencia de un ejecutivo experimetado como Schmidt ayudó en gran medida a calmar los miedos de inversores y accionistas, despejando la incertidumbre que rondaba a una compañía “llevada por niños”. Jeff Jarvis lo explica de maravilla:

It should not be a shock that Eric Schmidt has stepped aside as CEO and made room for Larry Page. Schmidt was the prince regent who ruled until the boy king could take the throne while training him to do so. We knew that this would happen. We just forgot that it would.

Ahora, Larry Page se podrá el traje de negocios y el proceso de toma de decisiones se verá notablemente simplificado. Facebook y Apple juegan con reyes, y ahora en Mountain View han decidido hacer lo mismo, desenrocando al consejo supremo y poniendo al frente ejecutivo a un programador cuyo apellido figura en el nombre del algoritmo que tan famoso hizo al buscador.

Dice Charles Arthur en el Guardian que la estrategia que Google venía desarrollando en los últimos tiempos estaba algo desenfocada. Fiascos como Google TV, experimentos que se quedaron en gaseosa como Wave o los problemas en el reino mágico de su algoritmo, tomado ahora por spammers, pedían a gritos un cambio radical.

En estos instantes, los blogs tecnológicos son hervidero. ¿Cómo afectará la noticia al sector? La respuesta en las próximas semanas.

Actualización. Ken Auletta en The New Yorker, sobre el desafío que se le viene encima a Larry Page:

In the meantime, Larry Page, who read books on business as a young man, who at age twelve read a biography of Nikola Tesla and took away the lesson that it was not enough to be a brilliant scientist if you were not also a good businessman who controlled your inventions, had more aptitude for management than Sergey Brin. It was always assumed that one day Page would be C.E.O. Now that he is about to be, he will have to change. He is a very private man, who often in meetings looks down at his hand-held Android device, who is not a comfortable public speaker, who hates to have a regimented schedule, who thinks it is an inefficient use of his time to invest too much of it in meetings with journalists or analysts or governments. As C.E.O., the private man will have to become more public. And he will have to rid himself of a proclivity most engineers have: they are really bad at things they can’t measure. Like fears about Google’s size, and privacy and copyright and how to deal with governments that are weak at measurement but rife with paranoia.

Descontrol españolito

Aeropuertos, caos, furia, sueño, abandono.

Gobiernos que aprueban recortes a un colectivo clave para la aviación justo antes de un puente, ministros que hablan como Los Soprano, vicepresidentes que ofrecen declaraciones sin preguntas a las doce de la noche, controladores aéreos que no dicen ni pío, y todavía hacen gestos de broma al paso de los usuarios. Portavocías voceras del socialismo, argumentando que si no se está con ellos se está contra ellos, como Darth Vader; tertulianos de noticias que parecen de Sálvame, jueces enfurecidos; viajeros que insultan, amenazan y llaman “zorra” a una controladora que pasa por allí.

Militares que se hacen con el control de los aeropuertos; informativos que parecen un programa de María Teresa Campos; líderes de la oposición que se quedan tirados en la pista, aunque no sepan para lo que sirve un bonobús; medios que se convierten en el altavoz del Gobierno y señoras que comentan lo macho que es el Rey de España por firmar el estado de alerta desde el extranjero.

Presentadores de informativos que escogieron un mal día para dejar de fumar. Twitteros que escogieron un buen día para escribir “hola mamá” junto al hashtag; humoristas gráficos que harán su agosto en diciembre; blogueros que, como siempre, hacen y dicen lo que les da la real gana.

Y así, todo. También en Sith.

Fox Chicago se pregunta si las bibliotecas son necesarias

¿Has intentado cabrear a un bibliotecónomo? No es sencillo; en la universidad, mediante avanzados métodos de ingeniería, introducen en tu código genetico una inmunidad casi total a las provocaciones del exterior respeto a nuestra disciplina (“sólo tenéis que fichar libros”, “eso lo hace mi primo que se le dan muy bien los ordenadores”, “vaya suerte todo el día ahí sentados…” etc.). Lo del bibliotecario mal encarado es un cliché con más años que Sara Montiel. Hoy en día, el campo de la información y la documentación es más moderno, más humanizado.

Se debe a que los especialistas en la materia solemos presumir (especialmente en EEUU) de defender la libertad de expresión a través del acceso a la cultura. Que pocas profesiones tienen redaños para plantarle cara al FBI, leches.

Ahora bien, cabrea de verdad a quienes se han pasado años estudiando reglas de catalogación y –parafraseando al genial Mandy Patinkin en Tan Muertos Como Yo– conocerás una ira de la que sólo has oido hablar en los libros de texto.

El flame de hoy está patrocinado por el canal de noticias Fox Chicago, propiedad de News Corporation y todo un ejemplo en cuanto a su división cultural y periodismo comprometido. El título de semejante despropósito: Are Libraries Necessary, or a Waste of Tax Money?

Se pregunta la periodista si el dinero que se gasta en Bibliotecas en Chicago no estaría mejor invertido en escuelas o pensiones.

Trololó.

No estoy muy versado en las nuevas expresiones del periodismo irreal, pero la pieza elaborada por Ana Davlantes, alcanza la genialidad en tanto a chabacana, inculta y alejada de toda clase de ética. Una muestra:

One of the nation’s biggest and busiest libraries is the $144-million Harold Washington Library in the Loop. It boasts a staggering 5,000 visitors a day!.

So we decided to check it out. We used an undercover camera to see how many people used the library and what were they doing.

In an hour, we counted about 300 visitors. Most of them were using the free internet. The bookshelves? Not so much.

¡Cámaras ocultas! ¡Que sí! Basta ya de Formación de Usuarios y de permitir la lectura de libros ¡Que luego no los compran! Es lo que pasa cuando intentas hacer el conocimiento más accesible para todos, que el mercado se resiente y el dinero de los contribuyentes se dilapida. Y luego, ¿cómo salimos de la crisis? Porque vale, eso de aprender a buscar información y fomentar la lectura está genial, pero luego ¿qué haremos sin textos con falta de criterio? ¡Menudo aburrimiento de vida!

Tiene razón la Fox; no necesitamos cientos de bibliotecas, necesitamos millones. Necesitamos que la cultura llege a cualquier parte, necesitamos que, quienes no pueden permitirse ni un maldito cuaderno, tengan acceso a la cultura; necesitamos que los sin techo no pierdan su derecho a la información, necesitamos darle acceso a internet a quien no se puede permitir ni tener un miserable teléfono. Necesitamos, en definitiva, llevar nuestro oficio a sus últimas consecuencias, al extremo, a todos.

When I give talks to library groups, I always finish by reminding librarians that they’re powerful advocates for fair use and privacy, because “you look like a total jerk when you criticize librarians.”

- Cory Doctorow.

Actualización: Mary Dempsey, responsable de la Biblioteca Pública de Chicago, le responde a Davlantes como se merece.

Irán, Google y Stanislaw Lem

Esta semana publiqué un artículo de opinión en La Voz de Asturias sobre las protestas en irán, la represión que ejerce el régimen sobre los opositores y el bloqueo permanente a Gmail.

Dejando a un lado lo profundamente anecdótico de este bloqueo (existen miles de proveedores de correo electrónico gratuito), Los denodados intentos de los autócratas para mantener su trasero en la poltrona siempre me recuerdan una de mis obras favoritas en el género de la ciencia-ficción: Fábulas de robots, de Stanislaw Lem.

En esta obra, compuesta por relatos moralizantes donde los autómatas protagonistas bien podrían ser necios humanos, habitan dos historias que tienen como desgraciados protagonistas a dos reyes llamados Argitorio y Murdano.

No desvelaré toda la trama al curioso, pero ambas máquinas acaban destruidas por su propia violencia, crueldad y paranoia. Ambos intentaron gobernar el estado extendiendo sus cuerpos más allá del trono, ambos se condenaron por sus ansias de digerir a toda su población. Derrocado Argitorio por sus oprimidos vasallos, muerto Murdano víctima de su propia pesadilla.

Más en El sueño del tirano

Con nuestro permiso

A raíz del inevitable artículo de opinión sobre el iPad que escribí para La Voz de Asturias, me he percatado de que todavía quedan asuntos importantes en el tintero sobre el nuevo baile de máscaras organizado por Steve Jobs.

Y no se preocupen, que no les aburriré hasta el hastío con las historias o debates facilones de siempre. Como resumen para salvaguardar su integridad espiritual, baste decir que me parece fantástico lo que es capaz de hacer una compañía lanzando un producto cerrado, incompleto y con pocas novedades respecto a la tecnología, para conseguir toda esa cantidad de elogios en la prensa.

La parte que me tiene desde hace días con la manzana tras la oreja, se refiere al evidente recorte de libertades en cuanto a software que parece ser el modelo vital de Apple desde hace una temporada. Ya hemos hablado en artículos anteriores del funesto ejemplo que productos como el iPhone dan a los desarrolladores y usuarios, cercenando sus derechos en cuanto a manejo, propiedad y desarrollo del dispositivo.

Cierto es que la compañía que dirige Steve Jobs no es ninguna ONG, y que la estructura de App Store combinada con dispositivos insoportablemente cerrados ha procurado pingües beneficios a la misma. Sin embargo, el caso del iPad ya excede, a mi parecer, cierto respeto que toda compañía debería mostrar para con sus clientes. Pero lo más flagrante del caso es la hipocresía manifiesta de algunos analistas, que no dudarían en hundir bajo tierra un producto semejante si una compañía rival lanzase un dispositivo con la misma pobreza de conexiones en su hardware.

Por supuesto, no voy a negar las maravillas de su pantalla multitactil, su buen diseño y ciertos detalles estéticos –aunque poco útiles– como el efecto de pasar las hojas en los libros. Todo eso queda muy bonito, pero uno se pregunta: ¿Es correcto que el mercado y los consumidores hagan la vista gorda a la intención expresa de restringir a los mismos? ¿Debemos premiar, dando publicidad casi gratuita, a una empresa que apuesta por el HTML5 para después no cumplir con ciertos estándares universales como un simple puerto USB, o cobrar casi 100 euros por una fuente de alimentación de repuesto?

En resumen: quizá antes de preguntarnos si Google, Apple o Microsoft son malvados, deberíamos plantearnos hasta que punto somos capaces de dar permiso a las grandes compañías para que lo sean.