Compartir un libro no es delito, y debería ser un derecho

Flickr: ellajphilipsJulio César Herrero, decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Camilo José Cela, es también periodista y columnista en La Voz de Asturias. Siempre resulta una lectura interesante para los lunes, aunque con él me pasa lo mismo que con Pérez-Reverte: coincido con muchas de sus columnas, pero hay alguna que se me atraganta.

Esta semana es una de esas veces. Bajo el título de Aviso a navegantes, Herrero ha comentado algunas cosas sobre copia, descargas y propiedad intelectual; por ello, me gustaría realizar ciertas observaciones. Pensaba publicarlas en un comentario, pero creo que es mejor ponerlas también como entrada en mi blog, para extender un poco el debate. Espero que no le importe que haga un poco de fisking para ello, es más cómodo a la hora de redactar. Dice Herrero:

Todo creador tiene plenos y exclusivos derechos sobre la explotación de su obra. Sólo a él corresponde la decisión de si la vende, la regala o cobra un porcentaje por su consumo. Las páginas webs que deseen ofrecer la obra – bien como vía de negocio o por el hecho simplemente de ofertar un servicio gratuito- deberán contar con la autorización del creador y pactar con él las condiciones.

Teniendo en cuenta que el debate sobre la música está comenzando a superarse, tomemos el caso más sangrante de la actualidad: el comercio del libro.

Lo que describe el párrafo sería ideal. Pero en la actualidad no ocurre, porque el autor comparte los derechos de su obra con dos organismos mucho más exigentes que la red: editoriales y gestoras. Una página web que desee publicar una obra no ha de negociar solo con el autor; de hecho, los acuerdos con editoriales por derechos de republicación, precios y, en su caso, traducción, son mil veces más duros que los acuerdos que pudieran cerrarse con el propio autor.

Lorenzo Silva, nada sospechoso de defender la mal llamada cultura del todo gratis, se quejaba hace poco de no tener una edición digital de su última novela a un precio asequible porque su editorial se neiga en redondo.

Ningún creador fuerza a un potencial cliente a pagar por la obra si no quiere consumirla; pero si lo hace, deberá pagar por ello, si el creador la ha concebido con el sano y legítimo propósito de enriquecerse a su costa.

Existe un lugar donde esta afirmación no tiene base, y se llama biblioteca. Cuando una biblioteca adquiere un libro, los beneficios que el autor dejará de obtener por cada préstamo son ingentes si se trata de un best seller. Es cierto que el canon a los libros (que ya he criticado) se creó para cubrir esas pérdidas. Pero no llega, ni por asomo, a la cifra total.

Voy más lejos: ¿Qué pasa con iniciativas como el BookCrossing? Porque es toda una red P2P. ¿Cuántas pérdidas ha generado esta actividad? Si aplicásemos el mismo alarmismo de los estudios sobre la red a estas formas de intercambio, nos saldrían cifras de escándalo.

Otro de los argumentos que han esgrimido quienes se oponen a la Ley – concretamente, la Asociación de Internautas- es que supone un atentado a la libertad de expresión e instaura la censura en Internet. La libertad de expresión es el derecho que ejerce quien crea una obra, no quien la consume. Impedir que alguien robe nada tiene que ver con la censura. Que el objeto robado sea un libro, una canción o una película no cambia en absoluto el tipo delictivo.

Problema: descargar no es delito ni robo. No lo digo yo, lo dicen los juzgados y muchos juristas. De hecho, esa fue la principal razón para crear esta aberración jurídica: si el juez no te da la razón, reduce la competencia del juez.

Nadie ha sido condenado por robo por descargarse un libro. Si robo un libro de una librería, esta se queda sin dicho libro. Si lo copio, el libro no desaparece.

Lo malo de la Ley Sinde no es que amenace, en sí misma, a la libertad de expresión. Es que combina, de forma torticera, con el exiguo derecho de cita que contempla nuestra normativa. En EEUU, donde la legislación contra las descargas es más dura (pero casi igual de inútil), existe una cosa llamada fair use, un criterio de jurisprudencia que permite el uso de material protegido por derecho de autor sin necesitar de permiso previo, siempre y cuando sea con fines informativos, educativos o sin ánimo de lucro.

En España eso no existe. Por ley, los únicos supuestos que ampara el derecho de cita son la investigación y la educación. Por tanto, cada vez que utilizamos un cartel de cine para ilustrar el comentario de una película, cada vez que extractamos un capítulo o sinopsis de un libro y cada vez que publicamos cualquier contenido, aunque sea para darle publicidad, es una posible infracción al derecho de autor, si antes no hemos solicitado permiso para ello.

Ahora parémonos a pensar en todos los blogs, conocidos y desconocidos, que realizan dicha práctica. La mayoría; ya que, a pesar de la ley, España suele ser tolerante con este tipo de acciones.

Así pues, he aquí como se puede cerrar cualquier web utilizando la Ley Sinde:

  1. Mengano publica en su blog un artículo criticando a Eddie el Flautista.
  2. Eddie el Flautista quiere cerrar el blog de Mengano.
  3. Eddie el Flautista descubre en el blog de Mengano una Imagen de Marca, que regenta un amigo suyo.
  4. Flautista llama a su amigo, y le convence para utilizar la Ley Sinde para cerrar el blog de Mengano. Al fin y a la postre, la imagen de marca la colgó Mengano sin autorización previa.
  5. Comienza el proceso ultrarápido de la Ley Sinde contra el blog de Mengano.

Sí, es un caso exagerado. Sí, tal vez el juez tuviera sus dudas sobre este apartado. Pero, ¿de verdad debemos legislar confiados en el buen hacer de la industria? Veamos un pequeño ejemplo de todo el brazo que nos cogen al dar la mano:

  1. Amazon habilitó el préstamo de libros en el Kindle. Por miedo, casi todas las editoriales lo deshabilitaron.
  2. Llegó el libro electrónico, y las editoriales lo plagaron con DRM. Algunos intermediarios como Libranda, pasaron de los usuarios de Kindle y convirtieron la experiencia de comprar un libro electrónico en un verdadero infierno.
  3. El ministerio de Cultura ha iniciado un plan de préstamo de lectores de tinta electrónica en las Bibliotecas Públicas. Pero como no hay acuerdo con las editoriales, solo se pueden leer libros en dominio público. Del préstamo a través de web ya ni hablamos.

La Red está forzando a una reflexión sobre diversos aspectos en los que parecía haberse alcanzado ciertos consensos. En eso consisten las revoluciones. Obligan a repensar cuestiones que estaban asentadas y a adaptarse a nuevos escenarios. Debe hacerse con sumo cuidado y, en este caso, intentando no perjudicar a quienes probablemente más contribuyen a que Internet sea la mayor ventana al mundo jamás abierta: los creadores.

Para este párrafo no tengo ninguna objeción. Pero con demasiada frecuencia se confunde el interés de los creadores con el de los intermediarios o gestores. De todas formas, no vendría mal una buena dosis de sinceridad por la otra parte. De forma similar a cuando nos llaman piratas, proxenetas, traficantes, pendejos electrónicos y otras yerbas, quizá convendría revelar aquí la máxima sobre la que se asienta la anquilosada industria de los contenidos: extender la cultura es bueno, hasta que conlleva una pérdida significativa de sus oligopolios.

En general todo se reduce a que los usuarios vamos ganando. Si el abuso fuera a la inversa, muchos de los que ahora claman por derechos no dirían ni pío. Como no lo dicen de los libros encadenados a lectores y personas que menciona el blog Literatura electrónica:

Estas Navidades, para seguir en Escandinavia, me regalaron una novela de Henning Mankell que ya había leído. Fui a la librería y la cambié por un ejemplar de Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, que a mi vez regalé para Reyes. Con esta sencillísima operación, cambié mínimamente la cuenta de resultados de dos editoriales: Tusquets y Norma. Nunca me habría sido permitida tal herejía con un ebook. Es más, si compro un ebook que después me decepciona, tengo que cargar con él para siempre o destruirlo: mi capacidad de elección reflexiva queda coartada por los dueños del copyright. No lo puedo devolver, ni cambiar, ni regalárselo a alguien que tal vez lo apreciaría.

Hay quien dirá que esto es reacción en vez de acción. Pero la verdad es que el sector se ha buscado su propia ruina al haberse dedicado, todos estos años, al noble arte de dormir y no reaccionar. Como decían en aquella entrada de BoingBoing, your failed business model is not my problem.

ISBN de pago: llega el canon encubierto a la autoedición

Por si tuviéramos poco con la aprobación de la Ley Sinde en le callejón de atrás, parece que nuestros representantes públicos todavía son capaces de darnos más alegrías. Ahora resulta que el ISBN, número internacional de identificación para los libros, dejará de estar gestionado en España por la Administración, y pasará a estar controlado por la Federación de Gremios de Editores.

Venga, alegría.

Todo aquel que quiera tener ISBN deberá abonar tres euros por número. Parece barato, ¿verdad? Leamos un poco más en Cincodias.com:

Ese proceso, automático y gratuito hasta ahora, se complicará un tanto en el futuro para esos particulares que no pertenezcan a los Gremios. Para empezar, no puede comprarse un ISBN suelto, sino que debe adquirirse un mínimo de diez, aunque la intención sea solo publicar un libro. Además, será necesario colocar un ISBN distinto a cada uno de los formatos electrónicos posibles: uno para PDF, uno para E-pub… según recomendación del organismo internacional que lo gestiona.

Hagan cuentas; tres por diez… ¡Bingo! Tenemos nuevo canon encubierto. Existen dos posibilidades: que sea una solución de complacientes, para aplacar al gremio de editores ante el apocalipsis que se avecina, o que sea una solución de vagos, para quitarse de encima todas las peticiones que llegarán con el auge de la autoedición. Este Gobierno cada vez me gusta más.

La reforma de la industria editorial

Seth Godin, autor de éxitos en el mundo de la gestión de empresa como La Vaca Púrpura, Tribus o Márketing del Permiso, comunica en su blog que Linchpin –su nueva obra, que yo recomiendo fervorosamente– será la última en publicarse a través de una editorial. Sostiene que, llegado al punto donde sus lectores saben cómo localizar su obra, no necesita de más intermediarios en apartados como la promoción y parte de la distribución.

The thing is–now I know who my readers are. Adding layers or faux scarcity doesn’t help me or you. As the medium changes, publishers are on the defensive…. I honestly can’t think of a single traditional book publisher who has led the development of a successful marketplace/marketing innovation in the last decade. The question asked by the corporate suits always seems to be, “how is this change in the marketplace going to hurt our core business?” To be succinct: I’m not sure that I serve my audience (you) by worrying about how a new approach is going to help or hurt Barnes & Noble.

Teniendo en cuentra su trayectoria, no deja de ser un paso lógico. Desde venta de libros directamente en formato digital, pasando por ediciones limitadas que se enviaban junto con cartones de leche, sin olvidar varias obras gratuitas y un blog donde se dejan ver buenas ideas a diario, no parece que un sistema donde se tarda alrededor de un año en publicar un volumen sea santo de su devoción.

La llegada de internet y, con ella, la potenciación de la autoedición, afectó de forma considerable a casas discográficas y –en menor medida– a productoras de cine. Sin embargo, grabar y promocionar un disco o pieza audiovisual sigue necesitando intermediarios, aunque su importancia se haya visto reducida.

En el caso de la palabra escrita, el colapso será mucho más violento. Para alumbrar una obra de calidad sirve cualquier ordenador, máquina o teclado que agrade a su autor. En cuanto a la edición y distribución de la obra, ya existen servicios como Bubok o Lulu que facilitan enormemente el proceso, requiriendo una inversión no demasiado grande y permitiendo jugar con el margen de beneficio del autor para ajustar el precio de la obra.

En cuanto a lectura, la llegada de la tinta electrónica y la evolución natural de estos dispositivos servirá para democratizar, más que nunca, la creación literaria. Si esta tecnología baja de precio y triunfa en el consumo de masas, la autoedición tendrá el impulso que necesitaba para codearse con la industria del libro.

Sin embargo, los editores todavía pueden tener cierto nivel de superviviencia. Su función como filtro previo y medidor de calidad de un producto antes de su salida al mercado sigue teniendo gran valor, y la maquinaria económica de las editoriales para promocionar sus productos supera a la de cualquier “hazlo tú mismo”.

Con la llegada de la crisis, el modelo de negocio tradicional ha caído en medio de la revolución: o se reforma o lo reformarán otros.

El Nombre del Viento (Patrick Rothfuss, 2007)

ROTHFUSS, Patrick. El Nombre del Viento. Traducido por Gemma Rovira. Barcelona: Círculo de Lectores, 2009. 832 p. ISBN 978-84-672-3760-3

Alma de mago y corazón de bardo

Me llamo Kvothe, que se pronuncia «cuouz». Los nombres son importantes porque dicen mucho sobre la persona. He tenido más nombres de los que nadie merece.

Los Adem me llaman Maedre. Que, según como se pronuncie, puede significar la Llama, el Trueno o el Árbol Partido. Mi primer mentor me llamaba E’lir porque yo era listo y lo sabía. Mi primera amante me llamaba Dulator porque le gustaba cómo sonaba. Me han llamado Kvothe el Sin Sangre, Kvothe el Arcano y Kvothe el Asesino de Reyes. Todos esos nombres me los he ganado. Los he comprado y he pagado por ellos.

Pero crecí siendo Kvothe. Una vez mi padre me dijo que significaba «saber».

He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar.  He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado a mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.

Quizá hayas oído hablar de mí.

Poco a poco, la fantasía épica se vuelve más exigente. Complacernos es, cada vez, más difícil. A excepción de autores como Gaiman o Prachett, cuya capacidad de sorprender parece grabada a fuego en su código genético, publicar una novela que sea aclamada como la nueva sensación del género no es cosa baladí.

Decir que en El Nombre del Viento hay tópicos es el eufemismo del siglo; una pequeña enumeración:

  • El protagonista aprende a ser mago.
  • El protagonista sufre una terrible tragedia que acentúa su complejo de héroe.
  • El protagonista tiene dos antagonistas, humano y sobrenatural, que le hacen la vida imposible.
  • El protagonista se enamora de una mujer salvaje y rebelde.

Pero el mejor, el más excepcional de todos los topicazos aparece en la primera página del libro, porque la narración comienza en una taberna.

¡Una maldita taberna! Reconozco que los cinco primeros minutos pensé que alguien me estaba tomando el pelo. ¿Es que no se aprendió nada del rol o la Dragonlance? En cualquier otra novela, esto ya sería una roja directa y expulsión. Si yo fuera un villano de cuento, clausuraría todas las tabernas; y a ver ahora como empiezas, héroe.

Giro argumental de esta crítica: El Nombre del Viento es una novela magnífica. ¿Por qué en sitios especializados como Zona Fandom le dan todas las estrellas del firmamento? ¿Por qué la obra vende tantos ejemplares? ¿Por qué te atrapa esta novela cuando ya te has leido toda la fantasía que podías digerir?

Porque el autor también lo ha hecho, y se las sabe todas. utiliza los lugares comunes con una enjundia y alevosía que, en algunos momentos, resultan hasta perversas. Cuando todo lo que lees ya te suena y aun así continúas sin pestañear, te haces una idea del maestro de la narración que parió la obra.

El mimo con el que Patrick Rothfuss traza la historia de Kvothe, el sin sangre, denota claramente la década y pico que necesitó para engendrar esta fabulosa historia, que Kvothe desgranará en tres noches, una por volumen. El hecho de que el propio personaje narre sus aventuras ya le da el primer toque: presenciamos los primeros y vacilantes pasos en la vida de un artista itinerante contados por su imagen futura: el Chuck Norris de la épica en el que se convertirá el chaval. Durante toda la novela, un Kvothe quemado y decepcionado con la vida narrará las aventuras del otro Kvothe, lleno de ilusión, dolor y obstinación.

Kvothe pertenece al Edena Ruh, una especie de mezcla entre tribu y oficio, consagrados al mundo del espectáculo y a ser artistas itinerantes. Esto prepara al protagonista para narrar sus aventuras y desventuras de una forma excepcional. Y eso ya lo comprobamos en la introducción de este artículo. ¿Acaso es posible que un personaje se presente con más estilo? Poco probable, a no ser que te llames Gandalf y vaciles a un Balrog con resaca de cinco milenios.

Todo lo que se pierde en tópicos de género se gana en honestidad del relato. Porque Kvothe encarna las aventuras que tuvimos o pudimos tener a lo largo de nuestra vida: todos hemos sufrido pérdidas, nos hemos enamorado, hemos combatido adversidades y hemos guardado dolores y afrentas que superan el espacio y el tiempo. Seas quien seas, encontrarás parte de tu biografía entretejida en estas páginas. Virtud de la saga bien cocinada: si el guiso es bueno, las lentejas nunca aburren.

Por eso, quizá una buena manera de luchar contra los tópicos sea recrearse en ellos, utilizarlos con sabiduría. Un adversario encapuchado seguirá dando mucho miedo, y las buenas aventuras siempre comenzarán — por mucho que proteste– con tres personas que entran en una taberna o llaman a la puerta en mitad de la noche. Sólo un autor con alma de bardo puede contar la vieja historia y conseguir que no nos despeguemos del asiento.

Te gustará si eres cinturón negro de literatura fantástica, quieres iniciarte en ella o bien piensas que este género siempre va de enanos, elfos y señoras que envían a caballeros en busca de objetos perdidos.

Otros puntos de vista: Anhelarium | La Utopía de Casiopea | Papel en Blanco

Fox Chicago se pregunta si las bibliotecas son necesarias

¿Has intentado cabrear a un bibliotecónomo? No es sencillo; en la universidad, mediante avanzados métodos de ingeniería, introducen en tu código genetico una inmunidad casi total a las provocaciones del exterior respeto a nuestra disciplina (“sólo tenéis que fichar libros”, “eso lo hace mi primo que se le dan muy bien los ordenadores”, “vaya suerte todo el día ahí sentados…” etc.). Lo del bibliotecario mal encarado es un cliché con más años que Sara Montiel. Hoy en día, el campo de la información y la documentación es más moderno, más humanizado.

Se debe a que los especialistas en la materia solemos presumir (especialmente en EEUU) de defender la libertad de expresión a través del acceso a la cultura. Que pocas profesiones tienen redaños para plantarle cara al FBI, leches.

Ahora bien, cabrea de verdad a quienes se han pasado años estudiando reglas de catalogación y –parafraseando al genial Mandy Patinkin en Tan Muertos Como Yo– conocerás una ira de la que sólo has oido hablar en los libros de texto.

El flame de hoy está patrocinado por el canal de noticias Fox Chicago, propiedad de News Corporation y todo un ejemplo en cuanto a su división cultural y periodismo comprometido. El título de semejante despropósito: Are Libraries Necessary, or a Waste of Tax Money?

Se pregunta la periodista si el dinero que se gasta en Bibliotecas en Chicago no estaría mejor invertido en escuelas o pensiones.

Trololó.

No estoy muy versado en las nuevas expresiones del periodismo irreal, pero la pieza elaborada por Ana Davlantes, alcanza la genialidad en tanto a chabacana, inculta y alejada de toda clase de ética. Una muestra:

One of the nation’s biggest and busiest libraries is the $144-million Harold Washington Library in the Loop. It boasts a staggering 5,000 visitors a day!.

So we decided to check it out. We used an undercover camera to see how many people used the library and what were they doing.

In an hour, we counted about 300 visitors. Most of them were using the free internet. The bookshelves? Not so much.

¡Cámaras ocultas! ¡Que sí! Basta ya de Formación de Usuarios y de permitir la lectura de libros ¡Que luego no los compran! Es lo que pasa cuando intentas hacer el conocimiento más accesible para todos, que el mercado se resiente y el dinero de los contribuyentes se dilapida. Y luego, ¿cómo salimos de la crisis? Porque vale, eso de aprender a buscar información y fomentar la lectura está genial, pero luego ¿qué haremos sin textos con falta de criterio? ¡Menudo aburrimiento de vida!

Tiene razón la Fox; no necesitamos cientos de bibliotecas, necesitamos millones. Necesitamos que la cultura llege a cualquier parte, necesitamos que, quienes no pueden permitirse ni un maldito cuaderno, tengan acceso a la cultura; necesitamos que los sin techo no pierdan su derecho a la información, necesitamos darle acceso a internet a quien no se puede permitir ni tener un miserable teléfono. Necesitamos, en definitiva, llevar nuestro oficio a sus últimas consecuencias, al extremo, a todos.

When I give talks to library groups, I always finish by reminding librarians that they’re powerful advocates for fair use and privacy, because “you look like a total jerk when you criticize librarians.”

- Cory Doctorow.

Actualización: Mary Dempsey, responsable de la Biblioteca Pública de Chicago, le responde a Davlantes como se merece.

10 cosas que descubrí al tener un eBook

Tras varios meses como feliz propietario de un Kindle 2, debo señalar algunas peculiaridades relacionadas con la experiencia lectora y la tinta electrónica. Dado el precio que todavía tienen estos dispositivos, siempre flotan muchas dudas a la hora de realizar una compra así. Tal vez estas valoraciones heterodoxas ayuden a despejar el camino.

  1. El ritmo de lectura aumenta de forma monstruosa. Observen que no utilizo términos como “notable”, “exponencial”, “enorme”… No, monstruoso es el adjetivo. Sospecho que, si estos cacharritos fueran sumergibles, hasta me daría por bucear mientras termino una novela.
  2. Impaciencia. Cuando terminamos un libro, el único obstáculo que se interpone entre nosotros y otra obra es el dinero, la búsqueda en estantería o la visita a una biblioteca. Con el eBook, lo único que nos obstaculiza para leer un libro es otro libro. Además, gracias a que todo lector de tinta electrónica recuerda la página donde te has quedado, simultanear la lectura de varios títulos se convierte en una peligrosa adicción. Una recomendación para mantener el bienestar espiritual: nunca más de 7 al mismo tiempo.
  3. Decisiones, decisiones. Cuando tienes más de 2.000 libros que te gustan, elegir la siguiente lectura es tan sencillo como buscar al siguiente Dalai Lama. Por contradictorio que parezca, el tamaño importa; así que te lo piensas dos, tres y hasta cuatro veces a la hora de enfrentarte a un mil o a un dosmil. Recordemos puntos anteriores para aclarar que no es consencuencia del hartazgo, sino de todos los libros que no estarás leyendo hasta que termines con ese.
  4. Existe un programa llamado Calibre que organiza los libros electrónicos como iTunes lo hace con la música. Un programa para guardarlos a todos, cambiarlos de formato y enviarlos a tu lector. Aprecia al Calibre; el Calibre es tu amigo.
  5. Out of catalog no more. A lo largo de tu vida te habrás topado libros que parece que nadie leyó excepto tú. Intentaste contactar con la editorial, pero ni te llama ni te escribe. Llegó la hora de la venganza, porque no importa lo que hayas echado de menos, tienes un 90% de probabilidades de encontrarlo. Probablemente lleve ya tiempo en la red, ¡pero ahora tienes un eBook!
  6. From my cold dead hands. Alargar la mano hasta el ebook antes de salir por la mañana se convierte en un gesto tan natural como respirar, coger la cartera o revisar si tienes el cargador del móvil.
  7. Que vivan los artículos largos. Sí, esos que te dejaban los ojos como una pasta italiana tras una hora de lectura intensiva en la pantalla del portátil. Gracias a programas como Instapaper o Calibre (aprecia al Calibre, el Calibre es tu amigo), puedes guardar las entradas-tesina y enviarlas a tu dispositivo para una lectura más cómoda.
  8. ¡Ve hacia la luz! La luz natural es lo mejor para estas pantallas. Por supuesto, se leen muy bien con luz artificial, especialmente si es difusa.
  9. Formatos. Epub, PDF, fb2; he aquí los reyes del mambo. Nunca salgas de la Tierra sin ellos.
  10. Tener un eBook es maravilloso.

Por si quedan dudas, el último punto invalida cualquier aspecto negativo que puedan incluir los anteriores.

Irán, Google y Stanislaw Lem

Esta semana publiqué un artículo de opinión en La Voz de Asturias sobre las protestas en irán, la represión que ejerce el régimen sobre los opositores y el bloqueo permanente a Gmail.

Dejando a un lado lo profundamente anecdótico de este bloqueo (existen miles de proveedores de correo electrónico gratuito), Los denodados intentos de los autócratas para mantener su trasero en la poltrona siempre me recuerdan una de mis obras favoritas en el género de la ciencia-ficción: Fábulas de robots, de Stanislaw Lem.

En esta obra, compuesta por relatos moralizantes donde los autómatas protagonistas bien podrían ser necios humanos, habitan dos historias que tienen como desgraciados protagonistas a dos reyes llamados Argitorio y Murdano.

No desvelaré toda la trama al curioso, pero ambas máquinas acaban destruidas por su propia violencia, crueldad y paranoia. Ambos intentaron gobernar el estado extendiendo sus cuerpos más allá del trono, ambos se condenaron por sus ansias de digerir a toda su población. Derrocado Argitorio por sus oprimidos vasallos, muerto Murdano víctima de su propia pesadilla.

Más en El sueño del tirano

Chocky se reedita en castellano

No me gusta hablar de un libro antes de leerlo, pero bien puedo hacer una honrosa excepción a la regla en el caso de Chocky, novela de John Wyndham que acaba de ser reeditada por Minotauro para su colección de clásicos.

He aquí la sinopsis: Al principio, todos creyeron que Matthew tenía un amigo invisible y que un día, simplemente, desaparecería. Y, como muchos padres, los de Matthew esperaron pacientemente a que esta fase acabara, pero empezó a ir a peor. Las conversaciones de Matthew consigo mismo eran cada día más intensas y entonces Matthew empezó a hacer cosas que jamás había hecho, como utilizar el código binario matemático para contar. Así, Matthew se vio obligado a hablarles de Chocky: la persona que habitaba en su cabeza.

Y la emoción me embarga, porque en los años 80 esta novela se llevó a la pequeña pantalla, en forma de serie de televisión con el mismo nombre, emitida en Televisión Española por aquella década.

La historia del niño que se comunicaba con un alienígena, y el extraño prisma que aparecía en la serie de televisión, fueron contenidos que marcaron mi infancia. Los capítulos de esta producción británica todavía pueden encontrarse en Youtube. Tres segundos pasaron desde que leí la noticia y acudí a la librería más cercana.

¡Gracias, Minotauro!