Terry Pratchett volverá enseguida

Imagen de Pratchett

Terry Pratchett. Imagen de Luigi Novi.

La tecnología es maravillosa, pero a veces ayuda a extender rumores que, además de no tener ninguna gracia, carecen por completo de sentido. Buen ejemplo de ello es el reciente hoax sobre la muerte de Sir Terence David John Pratchett, que tiene un nombre muy largo y por eso sus lectores -sus amigos- le llamamos Terry. Los nombres largos no suelen servir para nada.

Terry Pratchett no está muerto. No hay universo que pueda permitir tal sandez. Hablamos de un escritor que alumbró más de 50 novelas, todas ellas provistas de una sabiduría propia de vampiro y con un sentido del humor que se salía de las tablas. Hablamos de una persona que se forjó una espada con metal procedente de meteoritos cuando le nombraron Caballero del Imperio Británico; que escribió con inteligencia, estilo, ternura, acidez y también con más rabia que el troll peor alimentado de Ankh-Morpork.

En serio, dejad de escribir tonterías. En realidad, Pratchett está de vacaciones, pero volverá enseguida. Contando siempre con que no se haya extraviado en el Gran Nef o los magos de la Universidad Invisible le hayan transportado a sus salones tras una pésima ejecución del Rito de Cuesti-Enthe. Esas podrían ser buenas explicaciones en caso de tardanza.

Porque si los rumores fueran ciertos, significaría que nuestro mundo tendría menos luz. Que el destino puede llegar a ser tan cruel como el dios homónimo del Disco. Que las leyes que rigen nuestro universo son tan absurdas como sospechamos que son, o que nuestro universo es, por decirlo suavemente, poco avispado. Que millones de lectores quedaríamos huérfanos, sin más ánimo que el de luchar para que la historia de la literatura le haga, de una vez por todas, justicia a una de las mentes más prodigiosas de nuestro tiempo. Aunque ya sabemos lo que respondería la Muerte del Mundodisco, con su flema proverbial, a semejante afirmación:

La justicia no existe. Sólo existo yo.

Calibre 1.0: el mejor gestor y conversor de eBooks

calibre grid

Se hizo de rogar, pero poco a poco y tras pulir los fallos encontrados en cada versión desde la 0.1, Calibre presenta su edición 1.0, que incluye jugosas novedades para este gestor y conversor de libros electrónicos de código abierto, multiplataforma y completamente gratuito. Según anuncia el desarrollador en la web, los cambios más destacables son:

  • Vista de portada. Ahora puedes visualizar los títulos en tu biblioteca como un conjunto de portadas. Algo que, contra lo que pudiera parecer, es sumamente útil si tienes gran cantidad de obras y no sabes cual será la siguiente a devorar.
  • Mejoras en la base de datos. Reescrita desde cero, el código es, según el desarrollador, más robusto y de dos a tres veces más rápida que la anterior.
  • Bibliotecas virtuales. Permiten efectuar subdivisiones en nuestra biblioteca en conjuntos más pequeños. Piensa en ello como las búsquedas guardadas que utilizan otras aplicaciones como Evernote.
  • Conversión de documentos de Word. Ahora permite convertir a otros formatos archivos de tipo docx.
  • Nuevas fuentes para descarga de metadatos. Se han añadido nuevas herramientas para localizar la información de un libro, incluyendo la búsqueda de imágenes de Google y servicios como Edelweiss o Big Book Search. Además, los resultados pueden mostrar más de una portada, permitiéndote elegir la que más te guste.

También hay novedades para los amantes de la edición, entre las que se encuentran la mejora de inserción de tipos de letra y un nuevo sistema de conversión a PDF.

Si llevas algún tiempo con un lector de tinta electrónica o dispositivo similar, es más que probable que conozcas este programa. Si no es el caso, que sepas que esta es una de esas aplicaciones por las que pagaría si no fuese gratuita.

Nativitas

Navidad de Dickens

Soy fan de la Navidad. De hecho, creo constar entre los pocos chalados que se enfadaron cuando Benedicto XVI sustrajo el buey y la mula del Nacimiento del Vaticano. Afortunadamente, en esta edición corrigieron tan craso error.

Los críticos de estas fiestas señalan el exceso mercantilista en un momento donde, para ser sinceros, no hace ninguna gracia hablar de estipendio y consumismo. Mas no son esas las Navidades que porto conmigo.

Las Navidades que amo tienen que ver con bromas el día de los Santos Inocentes y la cara tan curiosa que puso mi padre cuando le mezcle la sal con el azúcar del yogur; tienen que ver con las cartas que los Reyes les remitían a mis díscolos hermanos cuando eran pequeños, todo un llamamiento al civismo antes de la llegada del Príncipe Aliatar. Tienen que ver con cientos de libros que fueron depositados en el suelo de todos los salones de mi infancia, incluyendo esa colección de mitologías del mundo, editada por Anaya, que tantas puertas me abrió al conocimiento de la Cultura Clásica y las Humanidades.

Tienen que ver, sobre todo, con la peor noche del año, donde las horas pasaban al ritmo de las eternidades y aguzaba el oído ante cualquier muestra de movimiento en el salón de casa. Por si se lo preguntan, la cantidad media que puede beber un camello asciende a tres cuartos de bañera. De los turrones mejor ni hablamos; volaban de forma pasmosa.

Mis Navidades no son un anuncio del Corte Inglés; más bien se parecen a quella versión de cómic adaptada de Cuento de Navidad: una obra de Charles Dickens que debería ser lectura oficial, dada la actual superpoblación de Señores Scrooge, que agitan sus cadenas de hierro entre despidos de trabajadores y recortes en el Sistema de Salud. Son cintas de villancicos, tan gastadas por el uso que casi parecen psicofonías.

Entiendo perfectamente a quienes aborrecen la Navidad. Entiendo, también a quienes les pone los pelos de punta o a los que, por su credo o herencia cultural, no practican toda esta serie de rituales. A todos entiendo y respeto. Pero nada me hará cambiar de frase cuando se acercan estas fechas, siendo una de las más hermosas y bienintencionadas:

Paz entre las personas de buena voluntad. Y un vídeo de Enya.

Imagen: Flickr | Kevin Dooley

Los Genocidas (Thomas M. Disch, 1965)

Cubierta de Los Genocidas

DISCH, Thomas M. Los Genocidas. Traducido por Cristina Gómez Llorente. Madrid: La Factoría de Ideas, 2012. 224p. ISBN 978-84-9800-741-1

Las ciudades de todo el mundo han sido reducidas a cenizas y unas plantas alienígenas han conquistado la Tierra. Estas plantas, capaces de superar los ciento ochenta metros de altura, se han adueñado del suelo de todo el mundo y están acabando con las reservas de los Grandes Lagos. En la zona norte de Minnesota, Anderson, un viejo granjero armado con una Biblia en una mano y una pistola en la otra, dirige a la población de una pequeña aldea en una desesperada batalla diaria por continuar su precaria existencia. Entonces entra en escena Jeremiah Orville, un extranjero errante cegado por una peculiar y secreta sed de venganza, convirtiendo la lucha por sobrevivir en una tarea sobrecogedora.

¿Humanidad? ¿Qué eso?

Los Genocidas es una novela horrible.

No me interpreten mal. La obra está bien escrita, resulta ligera y consigue tenerte con el corazón en un puño en la mayoría de sus pasajes. Los personajes están bien definidos y el componente psicológico bien perfilado. La amenaza alienígena que describe la novela es, probablemente, de las más realistas que se hayan publicado, dando por sentado que los hombrecillos verdes aterrizasen en nuestro planeta dispuestos a aniquilar a toda la especie humana.

Y es horrible.

Porto conmigo, desde hace años, la etiqueta de iluso radical. Esto es: aquel que piensa que el ser humano tiene una capacidad infinita para cometer actos de bondad, y que dicha bondad solo emerge con toda su fuerza en momentos de gran tribulación y desgracia. Creo que la empatía es una fuerza poderosa que debería mover el mundo, y creo en la compasión como ideal para alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Pero en Los Genocidas no hay nada de eso.

No esperen finales felices en este libro, aunque ya se darán cuenta a partir de las 20 primeras páginas, cuando el autor te presente con precisión de cirujano al último grupo de supervivientes a una invasión vegetal: todo un pueblo liderado por Anderson, un fanático religioso que no dudará en cometer cualquier acto extremo para proteger a su rebaño.

Cruel hasta el exterminio

Quizá uno de los elementos más característicos de la novela sea a normalización de la crueldad. Un recurso que utiliza con maestría el autor para horrorizarnos sin recurrir excesivamente al splatter, dejando éste para el momento adecuado. Hay un par de escenas en el libro que te hielan la sangre en las venas; no revelaré demasiado, pero uno de ellos involucra un banquete de celebración justo al momento de la obra.

Si algo se le puede reprochar a Thomas M. Disch es la excesiva tranquilidad con la que transcurre el final de la novela. Tal vez no sea más que una moraleja, un pequeño oasis en el que reposar después de haber perdido, casi, nuestra confianza en el género humano.

No es de los libros que más me han emocionado, y en muchas ocasiones ha llegado a resultar desagradable; pero si odias los finales felices y no tienes un estómago especialmente sensible, que te aproveche.

Te gustará si: no comes salchichas, trabajas en la industria maderera, piensas que E. T. debería regresar a guantazo limpio u odias cordialmente al mundo y todos sus habitantes.

Disclaimer: La Factoría de Ideas tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar de la obra.

Ray Bradbury abandona el planeta Tierra

Bradbury en 1959

Ray Bradbury, en 1959. CBS.

Tantos mundos creados, tanta ilusión y realidad. Ray Bradbury abandonó la Tierra ayer por la noche y el calor del cohete adelantó unas semanas el verano del adiós.

Los rumores sobre la muerte de personalidades en internet están a la orden del día, y el poeta de la ciencia ficción no fue excepción a la regla. Porque Bradbury no ha muerto, simplemente ha cambiado de planeta. Bien lo saben quienes hayan montado en el carrusel del señor Dark o bebido el vino de diente de león. Un genio como él no fallecería sin una buena razón. No nos haría eso a sus lectores, eternamente en deuda.

No se halla en nuestro sistema solar, así que no se molesten en buscarle. La miríada de planetas que podrían servir de hogar para el venerable hombre ilustrado tienen nombres idénticos a los nuestros, pero son muy diferentes.

Quizá haya aterrizado, por ejemplo, en Marte: paraíso de cielos azules, ciudades de cristal, gasolineras y puestos de perritos calientes. Si ese fue su destino, esperamos que haya aterrizado en la cara buena;  los marcianos le recibirán con su mejor máscara de hospitalidad.

Quizá el escritor se encuentre tomando un café bien caliente en alguna de las cúpulas de descanso en un planeta que destiñe, o buscando a Jesús en un mundo lleno de alienígenas convertidos. Quién sabe si no nos cruzaremos con él por la calle, vestido con un maravilloso traje de color crema.

El hombre ilustrado ya no escribirá más. Al menos, no en esta galaxia. Gracias, Ray, por haber caminado entre los terrícolas; por dejarnos palabras que sabían a verano, como estas:

El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillasa ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos. Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella… la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul. Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.