Nativitas

Navidad de Dickens

Soy fan de la Navidad. De hecho, creo constar entre los pocos chalados que se enfadaron cuando Benedicto XVI sustrajo el buey y la mula del Nacimiento del Vaticano. Afortunadamente, en esta edición corrigieron tan craso error.

Los críticos de estas fiestas señalan el exceso mercantilista en un momento donde, para ser sinceros, no hace ninguna gracia hablar de estipendio y consumismo. Mas no son esas las Navidades que porto conmigo.

Las Navidades que amo tienen que ver con bromas el día de los Santos Inocentes y la cara tan curiosa que puso mi padre cuando le mezcle la sal con el azúcar del yogur; tienen que ver con las cartas que los Reyes les remitían a mis díscolos hermanos cuando eran pequeños, todo un llamamiento al civismo antes de la llegada del Príncipe Aliatar. Tienen que ver con cientos de libros que fueron depositados en el suelo de todos los salones de mi infancia, incluyendo esa colección de mitologías del mundo, editada por Anaya, que tantas puertas me abrió al conocimiento de la Cultura Clásica y las Humanidades.

Tienen que ver, sobre todo, con la peor noche del año, donde las horas pasaban al ritmo de las eternidades y aguzaba el oído ante cualquier muestra de movimiento en el salón de casa. Por si se lo preguntan, la cantidad media que puede beber un camello asciende a tres cuartos de bañera. De los turrones mejor ni hablamos; volaban de forma pasmosa.

Mis Navidades no son un anuncio del Corte Inglés; más bien se parecen a quella versión de cómic adaptada de Cuento de Navidad: una obra de Charles Dickens que debería ser lectura oficial, dada la actual superpoblación de Señores Scrooge, que agitan sus cadenas de hierro entre despidos de trabajadores y recortes en el Sistema de Salud. Son cintas de villancicos, tan gastadas por el uso que casi parecen psicofonías.

Entiendo perfectamente a quienes aborrecen la Navidad. Entiendo, también a quienes les pone los pelos de punta o a los que, por su credo o herencia cultural, no practican toda esta serie de rituales. A todos entiendo y respeto. Pero nada me hará cambiar de frase cuando se acercan estas fechas, siendo una de las más hermosas y bienintencionadas:

Paz entre las personas de buena voluntad. Y un vídeo de Enya.

Imagen: Flickr | Kevin Dooley

Los Genocidas (Thomas M. Disch, 1965)

Cubierta de Los Genocidas

DISCH, Thomas M. Los Genocidas. Traducido por Cristina Gómez Llorente. Madrid: La Factoría de Ideas, 2012. 224p. ISBN 978-84-9800-741-1

Las ciudades de todo el mundo han sido reducidas a cenizas y unas plantas alienígenas han conquistado la Tierra. Estas plantas, capaces de superar los ciento ochenta metros de altura, se han adueñado del suelo de todo el mundo y están acabando con las reservas de los Grandes Lagos. En la zona norte de Minnesota, Anderson, un viejo granjero armado con una Biblia en una mano y una pistola en la otra, dirige a la población de una pequeña aldea en una desesperada batalla diaria por continuar su precaria existencia. Entonces entra en escena Jeremiah Orville, un extranjero errante cegado por una peculiar y secreta sed de venganza, convirtiendo la lucha por sobrevivir en una tarea sobrecogedora.

¿Humanidad? ¿Qué eso?

Los Genocidas es una novela horrible.

No me interpreten mal. La obra está bien escrita, resulta ligera y consigue tenerte con el corazón en un puño en la mayoría de sus pasajes. Los personajes están bien definidos y el componente psicológico bien perfilado. La amenaza alienígena que describe la novela es, probablemente, de las más realistas que se hayan publicado, dando por sentado que los hombrecillos verdes aterrizasen en nuestro planeta dispuestos a aniquilar a toda la especie humana.

Y es horrible.

Porto conmigo, desde hace años, la etiqueta de iluso radical. Esto es: aquel que piensa que el ser humano tiene una capacidad infinita para cometer actos de bondad, y que dicha bondad solo emerge con toda su fuerza en momentos de gran tribulación y desgracia. Creo que la empatía es una fuerza poderosa que debería mover el mundo, y creo en la compasión como ideal para alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Pero en Los Genocidas no hay nada de eso.

No esperen finales felices en este libro, aunque ya se darán cuenta a partir de las 20 primeras páginas, cuando el autor te presente con precisión de cirujano al último grupo de supervivientes a una invasión vegetal: todo un pueblo liderado por Anderson, un fanático religioso que no dudará en cometer cualquier acto extremo para proteger a su rebaño.

Cruel hasta el exterminio

Quizá uno de los elementos más característicos de la novela sea a normalización de la crueldad. Un recurso que utiliza con maestría el autor para horrorizarnos sin recurrir excesivamente al splatter, dejando éste para el momento adecuado. Hay un par de escenas en el libro que te hielan la sangre en las venas; no revelaré demasiado, pero uno de ellos involucra un banquete de celebración justo al momento de la obra.

Si algo se le puede reprochar a Thomas M. Disch es la excesiva tranquilidad con la que transcurre el final de la novela. Tal vez no sea más que una moraleja, un pequeño oasis en el que reposar después de haber perdido, casi, nuestra confianza en el género humano.

No es de los libros que más me han emocionado, y en muchas ocasiones ha llegado a resultar desagradable; pero si odias los finales felices y no tienes un estómago especialmente sensible, que te aproveche.

Te gustará si: no comes salchichas, trabajas en la industria maderera, piensas que E. T. debería regresar a guantazo limpio u odias cordialmente al mundo y todos sus habitantes.

Disclaimer: La Factoría de Ideas tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar de la obra.

Ray Bradbury abandona el planeta Tierra

Bradbury en 1959

Ray Bradbury, en 1959. CBS.

Tantos mundos creados, tanta ilusión y realidad. Ray Bradbury abandonó la Tierra ayer por la noche y el calor del cohete adelantó unas semanas el verano del adiós.

Los rumores sobre la muerte de personalidades en internet están a la orden del día, y el poeta de la ciencia ficción no fue excepción a la regla. Porque Bradbury no ha muerto, simplemente ha cambiado de planeta. Bien lo saben quienes hayan montado en el carrusel del señor Dark o bebido el vino de diente de león. Un genio como él no fallecería sin una buena razón. No nos haría eso a sus lectores, eternamente en deuda.

No se halla en nuestro sistema solar, así que no se molesten en buscarle. La miríada de planetas que podrían servir de hogar para el venerable hombre ilustrado tienen nombres idénticos a los nuestros, pero son muy diferentes.

Quizá haya aterrizado, por ejemplo, en Marte: paraíso de cielos azules, ciudades de cristal, gasolineras y puestos de perritos calientes. Si ese fue su destino, esperamos que haya aterrizado en la cara buena;  los marcianos le recibirán con su mejor máscara de hospitalidad.

Quizá el escritor se encuentre tomando un café bien caliente en alguna de las cúpulas de descanso en un planeta que destiñe, o buscando a Jesús en un mundo lleno de alienígenas convertidos. Quién sabe si no nos cruzaremos con él por la calle, vestido con un maravilloso traje de color crema.

El hombre ilustrado ya no escribirá más. Al menos, no en esta galaxia. Gracias, Ray, por haber caminado entre los terrícolas; por dejarnos palabras que sabían a verano, como estas:

El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillasa ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos. Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella… la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul. Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.

Paul Krugman: “El mal llegará con estilo y diseños inspirados en Steve Jobs”

Fotografía de Paul Krugman

Krugman, en 2008

Mi respeto por Paul Krugman ha superado los quinientos puntos básicos desde que leí la entrevista que le realizaron en el podcast Geek’s Guide to the Galaxy, cuya transcripción nos ofrece Underwired.

El Premio Nobel resulta ser un gran aficionado a la ciencia ficción, género que valora por su poder especulativo y la capacidad para imaginar cómo será nuestra sociedad cuando el contador pase décadas, centurias y milenios. ¿Sabían que en 1978 publicó un artículo elaborando una Teoría sobre el comercio interestelar (PDF)?

Que de mayor quisiera ser un psicohistoriador como Hari Seldon no es, ni de lejos, lo mejor de una conversación en la que algunas preguntas rozan la genialidad. Por ejemplo, la viabilidad económica de la Estrella de la Muerte:

There’s been a lot of discussion lately among economists about whether it makes sense to build a Death Star. This debate picked up this year after some Lehigh University students estimated that just the steel for a Death Star would cost $852 quadrillion, or 13,000 times the current GDP of the Earth. Do you think that a battle station is worth that kind of investment, especially considering that the ability to destroy a planet is insignificant next to the power of the Force?

Krugman responde:

Yeah, I think that’s probably right, and also, in general, you have to think that the basic trend in military technology — as with everything else — has been towards small and deadly. I think more likely we’re going to have microscopic drones that can kill everybody. So the Death Star is a very antiquated vision of what evil will look like. Evil will come in stylish, Steve Jobs-inspired designs.

Toma esa.

Imagen: Wikipedia | Prolinserver

Diez libros sobrevalorados

Flickr: ellajphilips

Flickr: ellajphilips

Les contaré un secreto: las hinchadas deportivas y literarias se parecen más de lo que se imaginan. Por mi formación, estoy totalmente incapacitado para contemplar la lectura como una pérdida de tiempo, ya sea el más simple de los folletines o la más rancia de las novelas. Sin embargo, ello no es óbice para experimentar los perversos placeres que se derivan de una feroz discusión en este campo. Es esta una guerra donde jamás se hacen prisioneros y los popes caen como moscas.

Como cualquier excusa es buena para iniciar tal catástrofe, en Flavorwire han elaborado un listado con los diez títulos más sobrevalorados, pertenecientes todos ellos a literatura escrita en lengua inglesa. Reproduzco título y autor, no sin cierto regocijo personal por la inclusión de la primera obra reseñada.

  • El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.
  • El despertar de Finnegan, de James Joyce.
  • Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.
  • Ruido de fondo, de Don Delillo.
  • En la carretera, de Jack Kerouac.
  • Moby Dick, de Herman Melville.
  • Pasaje a la India, de Edward Morgan Forster.
  • Crepúsculo, de Stephenie Meyer.
  • El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.
  • Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach.

Tengo serias dudas sobre Crepúsculo. Dudo que se pueda incluir en un listado de libros sobrevalorados porque no hay demasiado que sobrevalorar en una obra que le quitó la dignidad al vampirismo y la licantropía, profesiones serias hasta la llegada de esa horrible caterva de adolescentes despeinados.

Por curiosidad busqué en Google sobre más listados de este tipo, y me salió toda una serie de tres entradas en Papel en Blanco dedicadas a este oficio tan sano. Esta es su selección de títulos sobrevalorados, bastante más salvaje que la primera. Solo por añadir Mundo Anillo ya se merecen la perpetua.

Libros sobrevalorados I | Libros sobrevalorados II | Libros sobrevalorados III

Facebook y Twitter, ¿liebre y tortuga?

Nick Bilton ha usado, en el blog Bits del New York Times, la fábula de la liebre y la tortuga para comparar a Facebook y Twitter. Atribuida a Esopo, la historia está disponible en Wikisource. Como ya saben, termina así:

Llegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y moviéndose lo más veloz que pudo, vió como la tortuga había llegado de primera al final y obtenido la victoria.

En opinión de Bilton, mientras Facebook ha seguido el camino de la liebre, avanzando a mucha velocidad mientras la privacidad de los usuarios se tomaba una buena siesta. Twitter, en cambio, habría sido más cuidadoso:

For example, on Thursday Twitter introduced a feature that is intended to make better suggestions of whom to follow on the service. To make the new service work, Twitter needs to do some snooping. Did privacy groups come out and berate Twitter for its actions? No. Did the F.T.C. announce an investigation into the company’s practices? Actually, quite the opposite.The government proudly announced Twitter’s ability to let people opt out of the new feature.

Creo que Bilton le cuelga demasiado rápido la medalla a Twitter. Lo realmente revolucionario hubiera sido que la opción fuera opt in en lugar de opt out. No me atrevo a predecir el ganador de esta carrera, no estoy del todo seguro sobre cuál es la liebre y cuál la tortuga.

Imagen: Wikipedia | The Tortoise and The Hare

Día del Libro Intantil y Juvenil: El cumpleaños de los cuentos

Hoy es un día especial. Si no has dormido bien, quizá te convenga revisar los colchones para ver si hay algún guisante que te esté interrumpiendo el sueño. También puedes ir al mercado y cambiar una vaca por un puñado de habichuelas. Te recomiendo que las plantes a ver que pasa.

Opcionalmente, también puedes probar tu maña como sastre y confeccionar un traje de la más finísima tela, están muy demandados entre nuestra clase política.

Seaas como seas: princesa o príncipe, rey o reina, rana o patito feo, sirenita o ruiseñor, este es tu día. Porque hoy se conmemora el nacimiento de Hans Christian Andersen, maestro de los cuentos, al que también recordamos en La Voz de Asturias.

Por eso, en 2009, le hice este regalo en una de las columnas de nuestro periódico. Regalo que comparto, también, con vosotros. Feliz día.

Un regalo para Andersen

Aboné la clásica necesidad de cuentos infantiles con una enorme colección de mitos y leyendas, regalada una imborrable mañana por mi madre. Páginas y páginas con lejanas historias de Japón sobre tortugas, y venganzas que tomaban un carácter casi inmortal. Tremendas correrías de los dioses griegos, con Zeus Olímpico a la cabeza en la lista mundial de infidelidades. Sin olvidarse de lo burras que eran las deidades nórdicas, capaces de disfrazar a Thor de barbuda novia para poder partirle la crisma al enemigo.

El canon de la belleza era harina de otro costal, dibujado por Alan Lee y Brian Froud en un libro sobre las hadas, que constituía todo un censo de población feérica de Cornualles. Por supuesto, no toda la gente menuda se caracteriza por sus rasgos hermosos o afabilidad; en el maravilloso libro late siempre el peligro sordo que acecha al curioso, al mentecato o al ladrón.

Tampoco me faltó Michael Ende. Por su horrorosa y aburrida portada, tardé mi tiempo en leer un ejemplar regalado de Jim Botón y Lucas el maquinista , novela que te transportaba a un mundo donde las locomotoras están vivas, en China se tienen hijos cada vez más pequeños, y los dragones eran la versión horrorosa de aquel profesor duro como un hueso que ha poblado alguna vez las pesadillas de todo infante.

Ayer fue Día del Libro Infantil y Juvenil; el cumpleaños de Hans Christian Andersen, gran forjador de cuentos. Autor, sin saberlo, de un sueño en los albores de mi razón, donde un palacio surgido de la tormenta helada tenía por dueña hermosísima dama de besos gélidos. Como su corazón.

Bola extra: El circo de las maravillas

Bajo el nogal de las ramas extendidas yo te vendí y tú me vendiste

En una sociedad donde el poder tiene una relación con la lectura cada vez más hipócrita, resulta curioso observar la atmósfera respetuosa, casi sacra, que envuelve a ciertos volúmenes. Con tiempo y análisis lo suficientemente pedantes, acaban convertidos en pirámides del ‘porque sí’, que prometen las cien maldiciones del faraón al insensato que se adentre en su interior con la antorcha del espíritu crítico.

Por eso es difícil acercarse a las grandes obras de la literatura universal sin telarañas en la cabeza; el lector tiene una sensación muy parecida a pisar la ópera en chanclas y bermudas. Difícil, pero muy recomendable; porque hay libros en este mundo que no tocan la cabeza porque bajan directamente al corazón, el estómago y el hígado. Así es como muchos títulos merecen ser recordados. Así es como merece ser recordado 1984.

Aún me parece que fue ayer. Cuando por fin alargué el brazo y me llevé la gran obra de Orwell de la estantería, me encontré con algo muy diferente a lo instalado en la cultura popular. Porque las aventuras de Winston en ese mundo donde el totalitarismo ha devorado hasta su propia sombra son, y serán por mucho tiempo, la patada que necesitamos quienes vivimos en una sociedad manipulada y manipulable.

Hace dos días, Jason Kottke enlazó a una copia digital de la crítica que apareció en el New York Times el 12 de junio de 1949, analizando aquella novela tan diferente de Rebelión en la granja. Así aparece expresado en uno de los mejores párrafos:

In the excesses of satire one may take a certain comfort. They provide a distance from the human condition as we meet it in our daily life that preserves our habitual refuge in sloth or blindness or self-righteousness. Mr. Orwell’s earlier book, Animal Farm, is such a work. Its characters are animals, and its content is therefore fabulous, and its horror, shading into comedy, remains in the generalized realm of intellect, from which our feelings need fear no onslaught. But ”Nineteen Eighty-four” is a work of pure horror, and its horror is crushingly immediate.

Un trabajo de horror puro, inmediato. Pero también la historia de dos personas, Winston y Julia, cuyo amor es el único destello de luz en el mundo distópico que los envuelve.

La condición de obra universal es una pobre excusa, árboles que nos impiden ver el bosque de la verdadera razón por la que mucha gente recomienda este libro. Décadas después de su primera edición, 1984 sigue siendo un tiro a bocajarro en nuestro futuro, aunque todavía haya personas dispuestas a ignorarlo; aunque muchas personas se empeñen en enterrar empatía y sentimiento en un mundo cada vez más frío. Amar, como canta Muse sobre Winston y Julia, es algo más que amar: es resistir.

Imagen: Flickr | Amio Cajander