Miguel Sebastián en “Alierta Máxima”

Internet es una serie de tubosNo teníamos suficiente con las declaraciones del presidente de Telefónica, y ahora Miguel Sebastián califica como “una opción posible” que las operadoras e ISP puedan cobrar a buscadores o servicios online masivos por el “privilegio” de utilizar sus redes. En Menéame ya le están proporcionando al Ministro sus primeras impresiones.

El colmo del absurdo. Por si llevar a una empresa hacia el éxito en la red no resultase lo suficientemente arriesgado, ahora resulta que el Ministro de Industria abre la puerta para que las operadoras violen la neutralidad de la red y reclamen una suerte de impuesto revolucionario —otro más— para que los curritos tengamos el lujo de buscar en Google. Se ve que no basta con tener un ADSL atrasado y caro; ahora nos toca pagar con nuestra libertad.

Que yo sepa, los proveedores de servicios de internet tienen la misión de hacer honor a su nombre, y proporcionarnos acceso a la autopista de la información. Ése es su cometido, y se les paga bien por ello. Si aun así no pueden llevarlo a cabo, que se retiren del mercado y dejen espacio a quien sí pueda.

Si les sirve de consuelo, recuerden que no somos los primeros en decir tonterías sobre la neutralidad de la red:

They want to deliver vast amounts of information over the Internet. And again, the Internet is not something that you just dump something on. It’s not a big truck. It’s a series of tubes. And if you don’t understand, those tubes can be filled and if they are filled, when you put your message in, it gets in line and it’s going to be delayed by anyone that puts into that tube enormous amounts of material, enormous amounts of material.

Senador Ted Stevens, Señor de los Tubos.

Irán, Google y Stanislaw Lem

Esta semana publiqué un artículo de opinión en La Voz de Asturias sobre las protestas en irán, la represión que ejerce el régimen sobre los opositores y el bloqueo permanente a Gmail.

Dejando a un lado lo profundamente anecdótico de este bloqueo (existen miles de proveedores de correo electrónico gratuito), Los denodados intentos de los autócratas para mantener su trasero en la poltrona siempre me recuerdan una de mis obras favoritas en el género de la ciencia-ficción: Fábulas de robots, de Stanislaw Lem.

En esta obra, compuesta por relatos moralizantes donde los autómatas protagonistas bien podrían ser necios humanos, habitan dos historias que tienen como desgraciados protagonistas a dos reyes llamados Argitorio y Murdano.

No desvelaré toda la trama al curioso, pero ambas máquinas acaban destruidas por su propia violencia, crueldad y paranoia. Ambos intentaron gobernar el estado extendiendo sus cuerpos más allá del trono, ambos se condenaron por sus ansias de digerir a toda su población. Derrocado Argitorio por sus oprimidos vasallos, muerto Murdano víctima de su propia pesadilla.

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Chocky se reedita en castellano

No me gusta hablar de un libro antes de leerlo, pero bien puedo hacer una honrosa excepción a la regla en el caso de Chocky, novela de John Wyndham que acaba de ser reeditada por Minotauro para su colección de clásicos.

He aquí la sinopsis: Al principio, todos creyeron que Matthew tenía un amigo invisible y que un día, simplemente, desaparecería. Y, como muchos padres, los de Matthew esperaron pacientemente a que esta fase acabara, pero empezó a ir a peor. Las conversaciones de Matthew consigo mismo eran cada día más intensas y entonces Matthew empezó a hacer cosas que jamás había hecho, como utilizar el código binario matemático para contar. Así, Matthew se vio obligado a hablarles de Chocky: la persona que habitaba en su cabeza.

Y la emoción me embarga, porque en los años 80 esta novela se llevó a la pequeña pantalla, en forma de serie de televisión con el mismo nombre, emitida en Televisión Española por aquella década.

La historia del niño que se comunicaba con un alienígena, y el extraño prisma que aparecía en la serie de televisión, fueron contenidos que marcaron mi infancia. Los capítulos de esta producción británica todavía pueden encontrarse en Youtube. Tres segundos pasaron desde que leí la noticia y acudí a la librería más cercana.

¡Gracias, Minotauro!

Con nuestro permiso

A raíz del inevitable artículo de opinión sobre el iPad que escribí para La Voz de Asturias, me he percatado de que todavía quedan asuntos importantes en el tintero sobre el nuevo baile de máscaras organizado por Steve Jobs.

Y no se preocupen, que no les aburriré hasta el hastío con las historias o debates facilones de siempre. Como resumen para salvaguardar su integridad espiritual, baste decir que me parece fantástico lo que es capaz de hacer una compañía lanzando un producto cerrado, incompleto y con pocas novedades respecto a la tecnología, para conseguir toda esa cantidad de elogios en la prensa.

La parte que me tiene desde hace días con la manzana tras la oreja, se refiere al evidente recorte de libertades en cuanto a software que parece ser el modelo vital de Apple desde hace una temporada. Ya hemos hablado en artículos anteriores del funesto ejemplo que productos como el iPhone dan a los desarrolladores y usuarios, cercenando sus derechos en cuanto a manejo, propiedad y desarrollo del dispositivo.

Cierto es que la compañía que dirige Steve Jobs no es ninguna ONG, y que la estructura de App Store combinada con dispositivos insoportablemente cerrados ha procurado pingües beneficios a la misma. Sin embargo, el caso del iPad ya excede, a mi parecer, cierto respeto que toda compañía debería mostrar para con sus clientes. Pero lo más flagrante del caso es la hipocresía manifiesta de algunos analistas, que no dudarían en hundir bajo tierra un producto semejante si una compañía rival lanzase un dispositivo con la misma pobreza de conexiones en su hardware.

Por supuesto, no voy a negar las maravillas de su pantalla multitactil, su buen diseño y ciertos detalles estéticos –aunque poco útiles– como el efecto de pasar las hojas en los libros. Todo eso queda muy bonito, pero uno se pregunta: ¿Es correcto que el mercado y los consumidores hagan la vista gorda a la intención expresa de restringir a los mismos? ¿Debemos premiar, dando publicidad casi gratuita, a una empresa que apuesta por el HTML5 para después no cumplir con ciertos estándares universales como un simple puerto USB, o cobrar casi 100 euros por una fuente de alimentación de repuesto?

En resumen: quizá antes de preguntarnos si Google, Apple o Microsoft son malvados, deberíamos plantearnos hasta que punto somos capaces de dar permiso a las grandes compañías para que lo sean.